Me arrojó el anillo en la cara.
Costó tres meses de sueldo. Pedí un préstamo. Se cayó por la calle, y a la
alcantarilla. Como nuestro matrimonio.
-Eres un poco hombre. Un pobretón que no le ha ganado a nadie ¿Qué te has creído? Harto tiempo te aguanté. Flácido, debilucho. Maricón-. Ella estaba semidesnuda, y sólo la cubría una toalla. Estaba sudada.
La sorprendí con otro hombre. Con Luis. Mi mejor amigo del liceo. Abrí la boca, sin saber qué decir. Ella hizo ademán de disculparse, pero en dos segundos su rostro cambió a furia, y me cerró la puerta en la cara. Puso los cerrojos.
Yo venía afligido, sin saber como
decirle que me habían despedido. Nos quitarían la casa de la empresa y todo.
Ahora me siento estúpido, pensando todo el trayecto en como pedirle disculpas,
que me siguiera amando. Ahora no sé nada.
Mi familia me dijo: “Ella es una zorra. Ni siquiera va a la iglesia. Tú no puedes pretender volver a casarte. Sabes que el pastor dijo que es adulterio. Estás atentando contra Dios”.
Nunca más
los vi. Mis amigos del templo dejaron de hablarme, mi familia me desheredó.
Pero pensé que estaba siguiendo al amor. Y mira donde me dejó.
Tengo mi camisa manchada de mostaza, mis zapatos y pantalones embarrados. Tengo frío. En algún momento perdí mi chaqueta.
Tengo mi camisa manchada de mostaza, mis zapatos y pantalones embarrados. Tengo frío. En algún momento perdí mi chaqueta.
Me
dirijo al café de la esquina, pero no puedo. Avanzo unas quince cuadras, sin
pensar, buscando un lugar nuevo, algo que no me recuerde todo lo que he
perdido.
“Café
Nena”. Entré. Era una picada, nunca la había visto. Mesas y sillas de Coca-Cola.
Paredes de paneles de madera, sin terminaciones. Un calendario de Felipe
Camiroaga y un ramo de domingo de ramos adornaban la madera desnuda.
Elegí
una de las cuatro mesas. La que tenía un vaso al medio con servilletas, menos
migas y manchas de completos.
Me
atendió Nena. Una mujer más o menos de mi edad. Cuarentona. Busto abundante,
sonrisa fácil. Su rostro mostraba varias penas, y mucha resistencia. Era
morena. Mapuche. Creo que se estaba yendo. Pero me vio, y decidió quedarse, sin
decir nada. Le pedí un café y un italiano.
Fue
a trajinar detrás, y me dijo que no quedaba ni café ni vienesas.
Me
puse a llorar.
Ella
sintió la urgencia de idear algo, y me trajo una paila de huevos con queso, y
una sopaipilla calentada en tostador. Me trajo uno de esos vasos de polímeros desechables
con té. No quedaba azúcar.
Ella
también se puso a llorar. Estaba cerrando su local. No había comprado más
productos, porque era el último día que trabajaba ahí. Iban a comprar la cuadra
completa para construir una de esas colmenas que llaman edificios. Nichos
hacinados en columnas, mirando hacia el patio central, donde hay una piscina
llena de niños. Toda meada. Cuando miras por tu ventana, ver un eterno catálogo
de vidas miserables por tu amago de balcón plano. Una especie de Netflix
sicodélico eterno, hacia arriba y abajo, y hacia los lados. En vez de series,
ves familias haitianas, prostitutas colombianas, traficantes chilenos, 3
familias peruanas en el mismo departamento. Lo sé porque viví en uno de ellos.
Los pasillos eran de una claustrofobia pesadillesca, sin luz, eternos, iguales.
No
tenía muchas ganas de comer, realmente, pero su relato triste me recordó que
tenía que pagar la comida. Mi billetera estaba en la chaqueta.
La
miré con ojos y boca abierta, sin poder decir nada. Y ella tomó mi mano.
Algo
ocurrió. Fue como si nos conociéramos en la miseria que vivíamos. Yo adivinaba
dolores y violencias que sus pestañas tiesas intentaban ocultar. Era una mujer
redondeada, exuberante y bajita. Pero se contoneaba con mucha gracia, incluso
al llorar. Tenía unas margaritas incluso en el llanto. Y sus ojos grandes eran
sinceros. Estaba sudada, y olía a frituras. Algunos rizos negros se escapaban
de la redecilla de su cabello, y su busto se bamboleaba con cada sollozo,
tratando de escaparse del delantal manchado.
Dejé
que tomara mi mano, y estuvimos así un rato. La miraba, pero no la podía ver. Y
apreté su mano.
Ella
me dijo: “No te preocupes”. Puso un cartón en mi mano y la cerró.
-Quizás
alguno de nosotros pueda cambiar su suerte.
Miré
mi mano y había un “raspe”. Un boleto, juego de azar.
Se
metió la mano al bolsillo del delantal y cayeron siete monedas.
Se
rió entre lágrimas, recogió una y me la dio. Yo no entendía lo que estaba
pasando, pero tomé la ficha y raspé el raspe.
“$100.000.000”,
decía debajo del gris raspado. Ella se rió.
“$100.000.000”. Segunda casilla. Su expresión cambió a seriedad. Preocupación.
Dejé
el raspe en la mesa. Tomé su mano, y puse la moneda en ella.
-Ahora
te toca a ti.
(Más información en www.corax.com/tarot/cards/disks-7.html)

Justo estaba escuchando a Agnes Obel, entre el piano y tus letras... me emocioné. Sigue escribiendo.
ResponderEliminarMuchas gracias, Francis. Espero que te esté yendo muy bien
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