sábado, 11 de junio de 2016

Kalku

Kalku significa Brujo en chedungún. Es una voz mapuche que refiere a un individuo con poder o saber arcano y sobrehumano. Pero esta definición no implica que sea maligno. Aunque puede serlo.

Sobre este Kalku en particular, decida usted.
Está erguido entre el desastre y el fuego.

El calor de las llamas ha secado el aire que era húmedo y refrescante, volviéndolo áspero y agobiante.

Apenas se ve su poncho, negro y pesado, entre el humo y los escombros. Trae la boca cubierta, quizás a modo de máscara contra las bombas lacrimógenas que ya impregnan todo, como una camanchaca tóxica y abortiva.

El cielo se nubla lentamente.

El Brujo enfrenta al batallón.

Son trescientos cinco efectivos del Grupo de Operaciones Policiales Especiales de Carabineros de Chile, o GOPE. Entre ellos, refuerzos trasladados de otras regiones a la Araucanía, especialmente y para la ocasión.

El mayor Ramón Cienfuegos comanda el operativo. Llevan pesadas armaduras, cascos, escudos y pocas restricciones para la batalla. Portan armas con municiones no letales. La mayoría, al menos.

Hace catorce días cinco bodegas y dos edificios en construcción fueron quemados hasta los cimientos, a siete kilómetros del poblado de Machicaví, en la Provincia de Malleco. Diez camiones sufrieron el mismo destino. La versión oficial de los medios de Temuco es que fueron comuneros mapuches protestando contra la salmonera Ictus Chile S.A.

La empresa se instaló en el nacimiento del río Viro-Viro, al norte de Machicaví, tras ser expulsada de Chiloé, y cambiarse el nombre. Los directivos finlandeses de la piscicultura decidieron trasladarla, aun cuando no se pudo demostrar su conexión con la crisis ambiental que asola las costas del sur de Chile:

Centenares de ballenas aparecieron muertas en las costas de Aysén. Toneladas de peces se pudren en el Río Quele, infectando el aire con la fetidez del mar herido. Manadas de lobos marinos se vuelven ladrones de peces de las redes de pescadores en San Vicente, Talcahuano, en un comportamiento inusitado hasta la fecha.

El gobierno declaró una Marea Roja definitivamente inconexa a las toneladas de excrementos y desechos químicos que Ictus Chile S.A. vertió autorizado por la Subsecretaría de Pesca.

El mayor Cienfuegos está confundido. En las dos últimas semanas, habían tenido que repeler a cinco grupos de veinte, y hasta cincuenta manifestantes que atacaron las dependencias de las otras dos empresas de salmonicultura que siguieron a Ictus Chile S.A hasta el Viro-Viro. El noticiario del canal nacional informó que la PDI detuvo a un “dirigente terrorista mapuche” que declaró a la prensa: “En We Tripantu se acaban las salmoneras y los asesinos de la Ñuke Mapu”, la Madre Tierra. Se referían al año nuevo mapuche, el veintiuno de junio. Hoy.

El GOPE vino preparado para enfrentar a doscientos hombres o más. La silueta solitaria del Brujo resulta desconcertante.

Tres bodegas, dos camiones y una máquina excavadora de la empresa Hydroviro Ltda. fueron quemadas hoy, y sus llamas aún iluminan entre el humo espeso, como pequeños soles de algún ocaso santiaguino en emergencia ambiental.

El Brujo da la espalda al río.

-Está atrapado- Piensa el mayor. Y grita: -Entréguese tranquilamente, o tendremos que reducirlo.- Cienfuegos se acerca, dejando treinta metros entre él y su enemigo.-Si viene con más compañeros, infórmelo en seguida.-

Un zumbido violento y rápido pasa junto a sus oídos. De nuevo. Otro zumbido. Mira asustado hacia ambos lados, busca al insecto, tratando de no quitar la vista del Brujo por más de un segundo, tratando de mantener la compostura. Mira hacia arriba. Siente el dolor, y se descubre tuerto del lado izquierdo. Con el derecho puede ver al bicho que vuela con el ojo colgando de una probóscide obscena. No es un bicho común. Parece una oruga del largo de una gallina. Su cuerpo va cubierto de un vello ralo y negro. Las alas parecen de quiróptero; piel raída estirada sobre dedos o huesos separados, aleteando y abanicando una fetidez putrefacta.

El Mayor Ramón Cienfuegos abre la boca hasta que se le rajan las comisuras de los labios. Pero el grito es demasiado grande para su anatomía fónica. El ojo restante mira desorbitado y descontrolado.

Con la cara vuelta al cielo en agonía, logra ver que las nubes que cubrían el sol se desintegran en bandadas de la misma especie del gusano chupasangre, o Piuchén como les dicen los abuelos, que sobrevuelan a los carabineros.

Decenas de pajarracos se dejan caer sobre el oficial, cubriéndolo de pies a cabeza. 

Nadie se atreve a disparar; la presa se confunde con los cazadores en un torbellino de alas y sangre.

Las bestias vuelven a la altura, sin dejar rastro de que hubiera existido Ramón Cienfuegos.

El batallón apunta nerviosamente al enjambre de demonios alados que los desafían desde el aire, apenas fuera del rango de tiro.

Algunos escuchan rumores en el bosque que rodea el camino. El subteniente Millapán atiende al ruido y mira a la derecha, a la floresta, pero en seguida siente que el rumor viene de su siniestra, pero sólo ve a sus compañeros. Vuelve a girar hacia el verde, y descubre débiles luces que flotan entre los árboles. La nuez de adán de Millapán sube y baja, acompañando un trago de saliva espesa y amarga.

El río comienza a subir de nivel, inesperadamente, tragándose la orilla rápidamente, comiendo pasto y barro. Se desborda a una velocidad alarmante, y alcanza al Brujo. Pero no se ve afectado. Parece flotar sobre el agua. Casi como un espectro.

El contingente se estremece, acéfalo. Algunos carabineros intentan dispararle a los piuchenes, que amenazan desde la altura, y yerran. Otros creen escuchar voces de pasados olvidados en la arboleda. Por el rabillo del ojo ven como las luces parecen acercarse, ninguno se atreve a mirarlas de frente, como un niño ante el abismo bajo su cama. El rumor trae consigo imágenes de rostros que los policías creían enterrados en los recuerdos; hermanos abortados, padrastros degenerados, amantes antiguos destruidos por la putrefacción de la tumba.

Una fina capa de río desbordado llega a los pies de los policías. El capitán Horacio Huaiquipán, ascendido automáticamente a primero al mando hace unos minutos, intenta dar órdenes, pero el caos es general. En el río flotan sardinas muertas. Una veintena de hombres deciden escapar corriendo. Algunos caen al barro. No vuelven a emerger. Algunos escuchan el chasquido veloz de fauces cerrándose sobre los huesos que fracturan.

El agua sigue subiendo, y tras los peces trae flotando algo peludo y mojado que se extiende por el valle hasta el río mismo. Pareciera ser vegetación, o alguna especie de piel de tupido pelaje. No, no es piel. Es cuero. Son cueros. Los Cueros vivos de las historias del campo. Seres aplanados y voraces, que emergen de los lagos y ríos para devorar a sus víctimas, apresándolos con potentes músculos y ventosas con las que succionan los fluidos del desdichado.

Ante un gruñido del Kalku, se yerguen, como encabritados, revelando carne pantanosa y pseudópodos inclasificables, emitiendo un chillido aturdidor. Sus cuerpos ondean amenazantes, como vibrando en la frecuencia del alarido. 

El teniente segundo Millapán nació en Icalma, cerca de Lonquimay. Su abuela le contó historias de cueros llevándose el ganado a las profundidades; de piuchenes drenando a las ovejas; incluso de las luces traicioneras de los Entierros en los pantanos. Pero eso fue un par de vidas atrás. Su familia se mudó a Temuco, buscando mejor pasar y educación para sus hijos. Pasó su juventud viendo televisión winka; salivando por una hamburguesa gringa; anhelando una mujer rubia y las últimas zapatillas Nike. Y olvidó el Respeto. Ahora sólo le queda el Miedo.

El capitán Huaiquipán ordena la retirada, cuando era estúpidamente obvia, y se transmite inmediatamente entre el desorden. Ninguno de los efectivos que mantienen la cordura suficiente para oírlo le desobedece.

De entre los arbustos y el bosque que los rodea surgen decenas de lagartos obesos pero voraces. Cortan la escapada del GOPE con una pared escamosa y repelente.  Los ancianos les llaman culebrones, o Kawa-kawa: Fósiles vivientes que protegen los bosques vírgenes de Wallmapu, devorando al incauto, como lo habrían hecho sus antecesores jurásicos. Hocicos más grandes que el de un buey lucen filas de colmillos como estalactitas de mármol sucio.

Un desdichado es detenido en su fuga por dos reptiles. Uno lo muerde a la altura del pecho, apresándole también un brazo, y el otro por la ingle. El carabinero aletea con el brazo que sigue libre, y patalea un par de veces antes de ser desgarrado por la mitad. Desde los árboles vuelan lechuzas oscuras, de ojos rojos. Estaban esperando, y seguirán atentas al festín que les espera. Caen sobre los intestinos y entrañas que flotan en el barro, y se preocupan de que no se desaproveche tripa alguna.

El teniente segundo Millapán intenta aprovechar la conmoción para escabullirse, y un coletazo certero golpea su cabeza. Su cuello se dobla exactamente como no debiera, con un chasquido que hace eco en las laderas circundantes, y cae al suelo. No hace falta orden alguna para que los compañeros del lagarto asesino se encarguen de su reciclaje.

El Grupo de Operaciones Policiales Especiales se transforma en una masa temblorosa de cabezas, piernas y brazos; llanto y gimoteo; saliva y barro.

Los hombres chapotean en un pánico generalizado, en agua turbia de sangre y barro hasta las canillas.

Manos deformes pero poderosas brotan de la ciénaga que se forma entre sus botas, desgarrando armadura, ropa y carne. Sujetan todo calzado o pierna que encuentran. Los dueños de las manos son grotescas imitaciones de humanos, torcidos sobre sí mismos, cubiertos de pelo grasiento y oscuro. Son Imbunches. Y han dejado las cuevas que cuidan, como guardianes malditos, para unirse a la refriega y aprovechar la carroña.  El batallón se vuelve un alarido demencial.

El cielo está despejado, pero moteado de bestias voladoras. Hay especies que ni siquiera tienen nombre en lengua humana. Cae una ráfaga de relámpagos de púrpura incandescente. Y el firmamento queda adornado de fractales luminosos que rajan el aire y ciegan a los hombres. Las pesadillas que se forman en el blanco que violenta sus retinas resultan apabullantes. Una voz de trueno corta en seco el grito colectivo, y se proyecta sobre el contingente.

-HAN HECHO lo que quisieron con la Tierra y el Mar. No tienen respeto POR NADA.- Es la voz del Kalku. -estuvimos antes que ustedes y seguiremos cuando sean MENOS QUE historias y polvo.

-¡Ningún mapuche me va a amenazar!- Logra gritar el capitán Huaiquipán, retomando momentáneamente la compostura para transformarla en amenaza patética. Y al decirlo, pasa por su mente lo poco que sabe del idioma de los “indios”, como les dicen entre los oficiales, y ve escrito en la pizarra de su mente que mapuche significa Gente de la Tierra.

-AQUÍ NO HAY MAPUCHES. No somos Gente de la Tierra- Responde el Kalku, como si hubiera leído la misma pizarra. Su voz parece venir de los mismos rayos, pero no hay duda qué es él quien la produce, y quien conduce el increíble espectáculo.

La bufanda del Brujo cae al agua, revelando una mueca torcida y tiesa, y despliega sus amplias orejas que aletean pesadas, pero eficientemente, entre el humo. Su poncho negro cae también, y se pierde entre los cueros vivos. La cabeza del Kalku queda flotando a metros del suelo. Planeando elegantemente, se acerca al capitán Huaiquipán, que tropieza tratando de retroceder. Se acerca lentamente, y el hombre no es capaz de hacer nada más que protegerse la cara, tapando su vista, en el proceso. Y siente la brisa rítmica del aleteo del Tué-tué en su oreja. Y escucha, no sólo con sus oídos, también con su mente y tripa:
-SOMOS LA TIERRA.

-¡Estamos siguiendo órdenes!- Grita el capitán, desprovisto de dignidad y control de sus funciones motoras, entre sollozos y mocos.

La cabeza del Kalku lo mira fijamente. Sus ojos son negros. Y Huaiquipán sabe que el abismo que revelan, es la oscuridad que aguarda en el fondo de su propia alma.

-No lograrán nada. No somos nosotros los que tienen que pagar...-Dice Huaiquipán sin mirar al Brujo. Tratando de hacer sentido de lo inexplicable, buscando la esperanza en el fondo de la caja.

-SON EL COMIENZO- Dice el Kalku.

Blanco, como si le hubieran chupado la sangre, el carabinero observa como la cabeza alada, acompañada de su ejército, se lanza en picada sobre lo que fue un batallón. Y, puede adivinar, sobre lo que fue su país.