martes, 23 de diciembre de 2014

Mi hermano murió asfixiado.


Antes de la llegada de los chinos, Santa Clara basaba su economía en la agricultura y la ganadería. Pero después de la instalación de la industria, muchos de nuestros jóvenes fueron a buscar trabajo, después de todo, era el beneficio de instalar una empresa potencialmente nociva para el ecosistema. Minera La Mesa era una empresa china instalada en un pueblito en medio de la nada.

Nací y me crié en Santa Clara. Tenía 2 hermanos. Mi padre era agricultor y mi madre dueña de casa. Cuando salí del liceo me trasladé a Santiago, y vivía en una pensión, había ganado una beca y podría estudiar Periodismo en la Universidad de Chile. En mi familia todos estaban orgullosos de que tuviera la posibilidad de ser el primer profesional del clan.

Cuando cursaba el 2do año me sentía conforme con mi decisión; con harto empeño logré aprobar todos mis ramos, y ya me había ganado el respeto de mis profesores y compañeros. Estaba en periodo de exámenes, el 28 de junio, y recordé que era el cumpleaños de Joaquín, mi hermano del medio. Acababa de cumplir 18 años, y me dijo que había conseguido trabajo en la empresa de los chinos. También me dijo que me quería mucho, y que me extrañaban en Santa Clara.

El año en que llegué a Santiago escuché que se había instalado la minera en mi pueblo natal. Durante los dos años siguientes se habló de los beneficios, nuevos empleos y progreso que la industria llevaría al pueblo. Algunos ancianos de la zona reclamaron que la polvareda que se levantó ese primer verano desde la llegada de los orientales no era normal. Que no podía ser nada bueno. Pero nadie puso demasiada atención. Parecía ser un buen negocio.

A partir de lo que me contó mi hermano, me surgieron algunas dudas y me dediqué a investigar el historial de la empresa. Tenían otras instalaciones en Ecuador y en Bolivia, desde hacía 10 y 13 años respectivamente. No eran abiertos a la investigación periodística, y no pude obtener mucho. Sólo más sospechas. Seguí investigando lo que pude en Chile.

Desde la instalación en Santa Clara, 3 mineros chinos murieron en situaciones extrañas. Las condiciones laborales parecían lejos de las óptimas. Pero por la nacionalidad de los muertos, la noticia no había sido cubierta por la prensa chilena, y se demoró 14 meses años en filtrarse a la prensa tradicional, que no le dio más espacio que una breve nota al pié de la página, otros medios ni siquiera la consideraron importante.

Hablé con mi hermano, lo llamé al celular y le conté mi preocupación. “No te preocupís. Son puros rumores. ¡Yo estoy juntando plata para casarme! Así que no puedo andar buscando pega nueva. Pero tendré cuidado! No te preocupí!”, Me dijo.

Quise confiar en él. No podía hacer mucho más ante su determinación.

Un año después estoy en Santa Clara. El funeral de mi hermano es mañana a las 10am. La familia está destrozada. Sus hijos no entienden mucho, pero su polola está deshecha en llanto. Juancho, el mejor amigo de mi hermano se acercó determinado hacia mí en el velatorio. Vamos a ir a la minera en la noche. Esto no está bien. Hay algo raro.

El informe oficial dice que Joaquín cayó en un carro cargado de sedimentos, quedó enterrado bajo la descarga de una cinta transportadora y los vapores tóxicos lo mataron.

Mi hermano murió asfixiado.

La empresa nunca ha abierto las puertas a la comunidad, salvo a los trabajadores, obviamente. A partir de los reclamos de mi familia y de nuestros vecinos. Y aunque pocos se han sumado a la iniciativa, fueron suficientes para generar presión y que la compañía nos permitiera hablar con el misterioso gerente, el señor Wang.

A las 17hrs podríamos entrar las 10 personas que formábamos el contingente de reclamo y repudio, y las puertas se abrieron ante nosotros.

La fábrica hervía de gente. Nada de las escuetas descripciones de mi hermano nosprepararono para ver esa colmena en funcionamiento. Era impresionante. No podríamos haber imaginado la cantidad de gente que trabajaba en ese lugar. Cientos de asiáticos que nunca habíamos visto en el pueblo corrían como hormigas, hablando en jerigonza que no podíamos entender.

Nuestro guía, el señor Li , nuestro guía, nos explicó en un español con fuerte acento, que los trabajadores asiáticos tenían su propia comunidad en dormitorios provistos por la empresa, con casino y condiciones que les permitieran disfrutar de sus tradiciones y comidas típicas.

Los trabajadores no te miraban a los ojos, y se veían en un trance hipnótico de trabajo repetitivo y automático. Afortunadamente, dejamos esos pabellones pronto. Y subimos al tercer piso, donde se nos explicó que trabajaban los chilenos. Mi conclusión es que dejaban las tareas donde no era necesaria la eficiencia robótica asiática (alias explotación) para poder contratar a los pueblerinos, para cumplir con la cuota exacta, el número fijo de empleados que justificasen la instalación de la empresa en Santa Clara.
Nuestra paciencia se acababa mientras nuestro guía seguía explicándonos detalles de un discurso aprendido de memoria, e igual de robótico que el enjambre que vimos abajo.

Desde mi derecha escuché un ruido. No entendí que era, pero me erizó los pelos de la nuca. Le hice señas a Juancho, para que me siguiera. Estábamos en la sección de control de deshechos, donde trabajaba Joaquín. Habían unos embudos gigantes, que se entendía, filtraban los sedimentos. Ese día estaban detenidos, pero el surco de las escoria lo delataba, como se ve la arena en la copa superior de un reloj mientras el tiempo pasa.

Y escuchamos: “Ayúdame!”

Nos miramos ante el ahogado, pero desgarrador gemido.

Habíamos logrado librarnos del guía turístico sin que notara nuestra ausencia, y nuestros acompañantes, o no se dieron cuenta, o entendieron que estábamos buscando algo más, sin delatarnos.

Y cuándo nos acercamos más al titánico embudo que se abría en el piso, vimos una mano con llagas y sangre que salía de los desechos.

Quedamos horrorizados y paralizados. Habíamos velado a nuestro hermano, y vimos su cuerpo; y aunque con kilos de maquillaje, sabíamos que era él.

¿Qué estábamos viendo? ¿Un fantasma? ¿Otra víctima de la negligente fábrica?

Retrocedimos instintivamente, trastabillando, sabiendo que debíamos ayudar a esa figura, aunque sin saber cómo, debido a las dimensiones del aparato, y el peligro inminente. La sección debía estar vacía.

Y el pánico se adueñó de nuestra espina dorsal, recorriéndonos como un gélido cuchillo, de coxis a cuello.

Mi visión comenzó a nublarse. Me sentí borracho, como nadando en una sopa espesa y transparente, que sin embargo combaba la luz y los colores que me rodeaban.

Con mucho trabajo, aunque no tengo mucha claridad cómo, llegamos donde estaba el grupo. En sus caras reconocimos el mismo terror. Y nuestra presencia no hizo más que desatar pánico. Li trataba de calmar la situación, pero sin su habitual conducta autómata parecía otra persona, asustada también.

“Atención. Ha ocurrido una fuga en el sistema de refrigeración, y químicos potencialmente tóxicos se han filtrado en el aire acondicionado. Guarde la calma. Nuestro equipo de emergencia se dirige hacia ustedes”.

En pánico generalizado, corrimos como una masa informe de gente, gritando, sudando. Creo que escuché a alguien vomitar.

Y tras correr por lo que pareció siglos de sudor y calor sólido, llegamos al ascensor industrial. Sólo para verlo como se abría y avalanzaba sobre nosotros, engullendo la mitad de nuestro guía, como una ballena mecánica.

Sólo puede arrojarme al suelo y cubrir mi cabeza.

“Ayúdame” escuché. Y se apagaron las luces.

Después sólo hubo oscuridad.