miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cuando vi al Piuchén


El bicho abanica un hedor rancio al volar sobre la cara del niño.

Parece una larva blancuzca del tamaño de un pavo. Sus alas se mueven pesadas pero eficientes. Lleva cicatrices y arrugas varicosas en todo el cuerpo, y lo cubre un pelaje ralo y desteñido. Está hinchado de sangre de una presa reciente. Su vientre trasluce el rojo oscuro, y está tenso como tambor; palpita a un ritmo descoordinado con el aleteo, en espasmos asimétricos y repugnantes, imposibles para una criatura normal.

Ilustración por Visceral (Francisco Riviera).
El niño se llama Matías Meliñir. Una vez escuchó a su tío hablando del Piuchén: una sabandija voladora que succiona sangre de ovejas y otros animales. Matías pensó que eran historias de borracho. Le pareció una imagen ridícula; un ser imposible. Ahora sabe que también es terrible.  

La cabeza se diferencia del cuerpo como una grotesca hinchazón oscura y acorazada. Desde un rostro ciego proyecta una probóscide para alimentarse. Es una mofa inquietante de una mariposa obesa. Un icor repugnante escurre de su trompa, como savia ponzoñosa, y derrama una gota de pus sanguinolento en los labios entreabiertos del niño.
         
         El aire está cristalizado por la tensión, y el pequeño alcanza a sentir la boca adormecida antes de quebrarlo con un grito enloquecido. Bracea con vigor entorpecido por la desesperación, y se desploma. El piuchén se bambolea en el aire, y se eleva en retirada.  El Mauri, su amigo, corre a ayudarlo; tropieza y cae de rodillas, casi encima de Matías.  Avergonzado y preocupado le pregunta:

            -¿Te hizo algo? - Matías niega con la cabeza. El Mauri está pálido como hueso.

***

Ganaron la pichanga. Están juntando céntimos entre todo el equipo para comprar una bebida en el Emporio. Matías metió dos goles, y el Mauri lo felicita zamarreándolo:

 –  ¡Bien, Goleador!- Sonríe y le pregunta,- ¿Qué hací en la tarde? Don Marcelino me dijo que fuéramo a arrear las ovejas. Ofrece dos escudos. ¡Vamo! ¿O tení miedo?

El fundo de Marcelino Carvajal es un par de potreros y una loma apegada al cerro. Su fama es lúgubre: Cada San Juan se ven luces tenues bailando entre los nísperos del monte, como reflejos lívidos de las estrellas. Dicen que son entierros de oro robado durante La Conquista. Pero es dinero mal habido y maldito. Nadie se atreve a buscarlo.

Matías tiene nueve años, y el Mauri cumplió once este verano, cuando se mudó a Renaico. Llevan varias pichangas y hazañas juntos, así que aceptan el desafío con valentía.

***

            Matías compone su cara, y le indica al Mauri que lo siga. Hay un rastro de sangre en el pasto. Descienden por la ladera norte, hacía el río, y la vegetación se vuelve más espesa. Caminan entre quilas y hualles. El viento helado adormece la piel de sus pantorrillas y enfría sus dedos. Una mano frígida busca compañera y calor; la encuentra, y Matías mira sorprendido al Mauri, pero reconoce un miedo primitivo y legítimo en su cara. Casi puede ver su corazón rebotando bajo la camisa. Nadie dice nada.

            Caminan de la mano, y el menor recoge un coligüe grueso del suelo. Se detiene mirando hacia los lados y silencia a su amigo con el índice en los labios. El rastro termina en una barriga amorfa que intenta esconderse en un tronco podrido.

            Basta una mirada, y sin asentir siquiera, se lanzan contra el monstruo. Matías arremete, coligüe en mano, pero la alimaña estruja su cuerpo y se escabulle en la madriguera; el palo sólo rompe madera blanda y negra. El Mauri salta sobre el tronco podrido, y lo rompe con facilidad.

Una vaharada acre explota en sus caras, y los niños se retuercen nauseabundos. El corazón del árbol putrefacto expulsa una bandada de piuchenes que se agolpan en la huída, restregando  panzas babosas y alas ásperas contra sus atacantes.

Matías dejar salir un chillido del ovillo que se ha vuelto. Uno de los bichos le raja la oreja, y siente la sangre correr por su cuello. El Mauri recobra la guardia y se lanza sobre su amigo en un abrazo protector. Puede sentir sus rizos morenos agitados por apéndices de costras mugrientas y hálito cadavérico.

El tropel de chupasangres se aleja y se vuelve pequeñas motas negras contra nubes teñidas de luna, enmarcadas por un ominoso halo irisado. 

Una criatura pálida se retuerce en el suelo, solitaria y chillona. El Mauri la revienta de un zapatazo, sin pensarlo. El cadáver deshecho supura un líquido blanco teñido de sangre que escurre bajo sus pies. Se acerca a su compañero, y lo ayuda a incorporarse; le sacude la inmundicia del pelo y la ropa. Matías vigila los árboles boquiabierto e intranquilo. Mira hacia abajo y se sorprende aun tomado de la mano de su amigo. Lo mira a los ojos y se sueltan instantáneamente, como temiendo que alguien los esté mirando. El mayor de los dos se yergue bien recto, y dice:

            -¡Párate derecho! Ya somo hombres. No podemo andar asusta’os como las mujeres.- Termina con una carcajada, y empieza una carrera hacia el pueblo. Matías vacila un instante, sin entender bien, y se larga a correr detrás.