El bicho
abanica un hedor rancio al volar sobre la cara del niño.
Parece una larva
blancuzca del tamaño de un pavo. Sus alas se mueven pesadas pero eficientes. Lleva
cicatrices y arrugas varicosas en todo el cuerpo, y lo cubre un pelaje ralo y
desteñido. Está hinchado de sangre de una presa reciente. Su vientre trasluce
el rojo oscuro, y está tenso como tambor; palpita a un ritmo descoordinado con
el aleteo, en espasmos asimétricos y repugnantes, imposibles para una criatura
normal.
| Ilustración por Visceral (Francisco Riviera). |
La cabeza se
diferencia del cuerpo como una grotesca hinchazón oscura y acorazada. Desde un
rostro ciego proyecta una probóscide para alimentarse. Es una mofa inquietante
de una mariposa obesa. Un icor repugnante escurre de su trompa, como savia
ponzoñosa, y derrama una gota de pus sanguinolento en los labios entreabiertos
del niño.
El
aire está cristalizado por la tensión, y el pequeño alcanza a sentir la boca
adormecida antes de quebrarlo con un grito enloquecido. Bracea con vigor
entorpecido por la desesperación, y se desploma. El piuchén se bambolea en el aire, y se eleva en retirada. El Mauri, su amigo, corre a ayudarlo; tropieza
y cae de rodillas, casi encima de Matías.
Avergonzado y preocupado le pregunta:
-¿Te hizo algo? - Matías niega con
la cabeza. El Mauri está pálido como hueso.
***
Ganaron la
pichanga. Están juntando céntimos entre todo el equipo para comprar una bebida en el Emporio. Matías metió dos goles,
y el Mauri lo felicita zamarreándolo:
– ¡Bien,
Goleador!- Sonríe y le pregunta,- ¿Qué hací
en la tarde? Don Marcelino me dijo que fuéramo
a arrear las ovejas. Ofrece dos escudos. ¡Vamo!
¿O tení miedo?
El fundo de
Marcelino Carvajal es un par de potreros y una loma apegada al cerro. Su fama es
lúgubre: Cada San Juan se ven luces tenues bailando entre los nísperos del
monte, como reflejos lívidos de las estrellas. Dicen que son entierros de oro robado durante La
Conquista. Pero es dinero mal habido y maldito. Nadie se atreve a buscarlo.
Matías
tiene nueve años, y el Mauri cumplió once este verano, cuando se mudó a Renaico.
Llevan varias pichangas y hazañas juntos, así que aceptan el desafío con
valentía.
***
Matías
compone su cara, y le indica al Mauri que lo siga. Hay un rastro de sangre en
el pasto. Descienden por la ladera norte, hacía el río, y la vegetación se
vuelve más espesa. Caminan entre quilas y hualles. El viento helado adormece la
piel de sus pantorrillas y enfría sus dedos. Una mano frígida busca compañera y
calor; la encuentra, y Matías mira sorprendido al Mauri, pero reconoce un miedo
primitivo y legítimo en su cara. Casi puede ver su corazón rebotando bajo la
camisa. Nadie dice nada.
Caminan
de la mano, y el menor recoge un coligüe grueso del suelo. Se detiene mirando
hacia los lados y silencia a su amigo con el índice en los labios. El rastro
termina en una barriga amorfa que intenta esconderse en un tronco podrido.
Basta
una mirada, y sin asentir siquiera, se lanzan contra el monstruo. Matías
arremete, coligüe en mano, pero la alimaña estruja su cuerpo y se escabulle en la
madriguera; el palo sólo rompe madera blanda y negra. El Mauri salta sobre el tronco
podrido, y lo rompe con facilidad.
Una
vaharada acre explota en sus caras, y los niños se retuercen nauseabundos. El
corazón del árbol putrefacto expulsa una bandada de piuchenes que se agolpan en la huída, restregando panzas babosas y alas ásperas contra sus atacantes.
Matías
dejar salir un chillido del ovillo que se ha vuelto. Uno de los bichos le raja
la oreja, y siente la sangre correr por su cuello. El Mauri recobra la guardia y
se lanza sobre su amigo en un abrazo protector. Puede sentir sus rizos morenos
agitados por apéndices de costras mugrientas y hálito cadavérico.
El tropel
de chupasangres se aleja y se vuelve pequeñas motas negras contra nubes teñidas
de luna, enmarcadas por un ominoso halo irisado.
Una
criatura pálida se retuerce en el suelo, solitaria y chillona. El Mauri la
revienta de un zapatazo, sin pensarlo. El cadáver deshecho supura un líquido
blanco teñido de sangre que escurre bajo sus pies. Se acerca a su compañero, y
lo ayuda a incorporarse; le sacude la inmundicia del pelo y la ropa. Matías
vigila los árboles boquiabierto e intranquilo. Mira hacia abajo y se sorprende
aun tomado de la mano de su amigo. Lo mira a los ojos y se sueltan instantáneamente,
como temiendo que alguien los esté mirando. El mayor de los dos se yergue bien
recto, y dice:
-¡Párate
derecho! Ya somo hombres. No podemo andar asusta’os como las mujeres.- Termina con una carcajada, y empieza una
carrera hacia el pueblo. Matías vacila un instante, sin entender bien, y se
larga a correr detrás.