Jorge era un periodista.
Se destacó por su simpatía en los reportajes en terreno de los
noticieros, y de a poco se fue haciendo camino en distintos
programas. Sus anteojos y su sonrisa eterna lo mostraban cercano, y
afable. Era “Ese jovencito tan correcto”, al que las abuelitas
esperaban unanimente frente al televisor.
Siempre quiso ser figura
de la pantalla chica, pero no fue fácil. El tartamudeo demoró en
sanarse. El matonaje escolar tuvo fuerte secuelas. Y en la
Universidad, cuando empezó el ramo de Televisión I, se dio cuenta
que su ojo izquierdo se desviaba, y no podía mirar directo a la
cámara. De niño fue estrábico y usó parches desde los 2 años.
Era una ternura. Pero en la Universidad entendió que su problema no
estaba curado por completo, y nunca lo estaría. Fue al oftalmólogo,
y descubrió que tenía miopía. Otro golpe más.
Pero no hay mal que
por bien no venga, y los nuevos anteojos le ayudaron a corregir el
“Ojo de Trucha”, como le decían los compañeros. Comenzó a
ganar confianza, y pasó sin problemas el ramo.
La seguridad aumentó, y
se hizo cargo de mejorar su actitud. Aunque fuera por fuera, debía
ser seguro.
Un día le ofrecieron
hacerse cargo de “En Escena”, el espacio del matinal “Buenos
Días” para la discusión sobre el personaje televisivo de moda y
con quién lo vieron salir de tal motel.
Eran las 11.05am, un 23
de diciembre, y comenzaba la sección de farándula. El set era de
color celeste, un “cromaquí”, para agregarle un fondo luego de
manera digital. Aún así, instalaron un viejo pascuero inflable que
colgaba de una pequeña grúa eléctrica, similar a las que usan para
algunas cámaras.
Jorge sonreía con esa
mueca casi humana que había practicado por horas frente al espejo, y
se aprestaba a empezar el informe: “¡Buenos días, Felipe! Hoy
tenemos muchas historias jugosas” era su entrada, y la venía
practicando en el auto para su primer día en la pega que siempre
había soñado.
No terminó el saludo
cuando la grúa cayó de improviso sobre él. El maniquí de Santa
Claus no era muy pesado, estaba inflado, pero el impacto tiró por
tierra al periodista.
El set quedó en
silencio por unos segundos, hasta que se vio a Jorge levantándose
tras el mesón, con el cinturón del muñeco atrapando el cable de su
micrófono y el cuello del traje. La visión era ridícula, y su cara
de sorpresa hizo que todo el equipo rompiera en una estrepitosa risa.
Pero no era él el que se incorporaba, si no la grúa electrónica
descontrolada levantando al muñeco, y ahorcando a Jorge. Su cara
empezó a enrojecer, y la desesperación era evidente en su rostro
que se iba desfigurando.
Parte del equipo seguía
riendo, los animadores estaban casi en el suelo, pero un asistente de
producción corrió a socorrerle. La grúa levantó al hombre aún
más, zarandeándolo mientras agitaba sus pies desesperado. La gente
en casa seguía en vivo el accidente, y tampoco podían para de reír.
Nadie pensó que alguien podía verse tan gracioso al borde de la
muerte.
El asistente sujetó las
piernas de Jorge, y un camarógrafo atinó a desenchufar la máquina
rebelde. El brazo mecánico cayó inmediatamente, y el periodista se
estrelló estrepitosamente en un violento abrazo con el muñeco que
rompió el mesón donde había ordenado meticulosamente las notas que
escribió en la madrugada.
Jorge estuvo a punto de
morir, pero la orgía de miembros plásticos y humanos cubiertos de
madera, cartón y polvo, fue la gota que derramó el vaso. Había
entrenado por años su cuerpo para caminar varonilmente, elegante,
como un hombre confiado, pero el accidente había mostrado la torpeza
que lo acompañó durante su niñez; esa actitud desgarbada y
patética que le ganó innumerables apodos y palizas cuando niño.
Era La Ridiculez Encarnada.
Nadie pudo aguantar la
risa. El edificio retumbaba con el estruendo de la gente, sujetándose
el vientre adolorido, con la cabezas palpitando, y las bocas abiertas
como fauces de lobos, en una carcajada colectiva que en los oídos de
Jorge podían fácilmente haber sido las trompetas del Apocalipsis.
La Ridiculez Encarnada
se levantó, agazapado, con sus anteojos rotos. Los nuevos, los que
compró para la ocasión. Y sobre el marco de los lentes, miró
horrorizado a los demonios distorsionados en una risotada histérica.
Los sonidos que salieron
de su boca eran inhumanos. Si alguien hubiera podido escucharlo sobre
el ruido y el jolgorio, hubiera pensado en un chimpancé aterrorizado
que gritó hasta que desgarró sus cuerdas vocales.
Los animadores y el
mismo asistente que lo ayudó se acercaron con lágrimas en los ojos
a tratar de asistirlo. Pero Jorge ya no era más. Su mente retrocedió
a un miedo primordial, reptiloide, y agachado como alguno de sus
antepasados en la escala evolutiva, esquivó a los que se acercaron,
y lanzó violentos manotazos.
Sería imposible superar
la explosión cómica previa, pero las risotadas y gritos no cesaban.
Y la actitud simiesca de La Ridiculez, sólo alimentaba el fuego de
la crueldad infantil que invadía a sus risueños compañeros.
En su desesperación,
retrocedió y chocó con la pared del cromaquí, que cayó y se
rompió en pedazos.
Aunque hubieran querido,
el equipo del matinal no hubiera podido callar sus risas. Era
demasiado.
La Ridiculez Encarnada
corría en círculos, un animal acorralado, mirando a todas las caras
que lo rodeaban, sin reconocer a nadie, viendo sólo la peor amenaza
que El Hombre pudiera encontrar en su historia. Peor que un dientes
de sable, peor que un misil radioactivo. La risa atacaba a su esencia
directamente, lo dejaba inerme. En su entendimiento primitivo, esa
terrible carcajada amenazaba con eliminar su propia existencia.
La Ridiculez cayó de
espalda sobre una la compuerta que daba al sótano del estudio. El
ruido del latón golpeado lo aturdió, pero su cuerpo seguía
convulsionando de miedo, rompiendo un jarro de vidrio al desplomarse.
El equipo del programa
se acercó, aprovechando la caída. Pero La Ridiculez se levantó,
sus ojos desorbitados, rojos de ira primordial, su cuello llevaba la
marca de su asfixia del mismo color. Su camisa estaba abierta, los
botones superiores se habían desprendido hace rato. La chaqueta, esa
chaqueta que también era nueva, que había encargado a su medida,
estaba rajada en el hombro, y la manga se arrugaba entre su codo y
muñeca. Su cabello engominado se erizaba desordenado. Saliva y mocos
caían desde el hocico que antes fue humano. Y blandió el trozo más
grande de jarro que encontró, cortando su palma y dedos, que
chorreaban el mismo rojo de sus ojos y cuello en la alfombra del set.
Una alfombra cortada para el espacio exacto del set de cromaquí, del
tamaño exacto para crear la fantasía de la perfección televisiva.
Fantasía vuelta pesadilla para La Ridiculez antiguamente llamada
Jorge.
El ex hombre lanzó una
última mirada eufórica a los depredadores que lo atormentaban y
cerró los ojos. Por un segundo, sus compañeros vieron a Jorge una
última vez. En seguida La Ridiculez Encarnada se desplomó, y se
transformó en otro maniquí sin vida.
La Cámara 5, desde un
ángulo cenital mostraba como se acercaba el equipo a ver el muñeco
sin vida a pocos pasos del muñeco desinflado, sin mucha diferencia
en sus expresiones vacías. Se formó un círculo alrededor de la
escena. Nadie pudo acercarse a más de 2 metros de la macabra
exposición.
La Ridiculez Encarnada
no era más. Jorge cerró sus transmisiones.
...
“Estamos
experimentando problemas técnicos. Ya volvemos” decían los
televisores de la mitad de las amas de casa de Chile, que observaban
pálidas la pantalla.
“Buenos Días”
rezaba el logo del programa.