sábado, 26 de julio de 2014

Buenos Días

 Jorge era un periodista. Se destacó por su simpatía en los reportajes en terreno de los noticieros, y de a poco se fue haciendo camino en distintos programas. Sus anteojos y su sonrisa eterna lo mostraban cercano, y afable. Era “Ese jovencito tan correcto”, al que las abuelitas esperaban unanimente frente al televisor.

Siempre quiso ser figura de la pantalla chica, pero no fue fácil. El tartamudeo demoró en sanarse. El matonaje escolar tuvo fuerte secuelas. Y en la Universidad, cuando empezó el ramo de Televisión I, se dio cuenta que su ojo izquierdo se desviaba, y no podía mirar directo a la cámara. De niño fue estrábico y usó parches desde los 2 años. Era una ternura. Pero en la Universidad entendió que su problema no estaba curado por completo, y nunca lo estaría. Fue al oftalmólogo, y descubrió que tenía miopía. Otro golpe más. 

Pero no hay mal que por bien no venga, y los nuevos anteojos le ayudaron a corregir el “Ojo de Trucha”, como le decían los compañeros. Comenzó a ganar confianza, y pasó sin problemas el ramo.

La seguridad aumentó, y se hizo cargo de mejorar su actitud. Aunque fuera por fuera, debía ser seguro.

Un día le ofrecieron hacerse cargo de “En Escena”, el espacio del matinal “Buenos Días” para la discusión sobre el personaje televisivo de moda y con quién lo vieron salir de tal motel.

Eran las 11.05am, un 23 de diciembre, y comenzaba la sección de farándula. El set era de color celeste, un “cromaquí”, para agregarle un fondo luego de manera digital. Aún así, instalaron un viejo pascuero inflable que colgaba de una pequeña grúa eléctrica, similar a las que usan para algunas cámaras.

Jorge sonreía con esa mueca casi humana que había practicado por horas frente al espejo, y se aprestaba a empezar el informe: “¡Buenos días, Felipe! Hoy tenemos muchas historias jugosas” era su entrada, y la venía practicando en el auto para su primer día en la pega que siempre había soñado.

No terminó el saludo cuando la grúa cayó de improviso sobre él. El maniquí de Santa Claus no era muy pesado, estaba inflado, pero el impacto tiró por tierra al periodista.

El set quedó en silencio por unos segundos, hasta que se vio a Jorge levantándose tras el mesón, con el cinturón del muñeco atrapando el cable de su micrófono y el cuello del traje. La visión era ridícula, y su cara de sorpresa hizo que todo el equipo rompiera en una estrepitosa risa. Pero no era él el que se incorporaba, si no la grúa electrónica descontrolada levantando al muñeco, y ahorcando a Jorge. Su cara empezó a enrojecer, y la desesperación era evidente en su rostro que se iba desfigurando.

Parte del equipo seguía riendo, los animadores estaban casi en el suelo, pero un asistente de producción corrió a socorrerle. La grúa levantó al hombre aún más, zarandeándolo mientras agitaba sus pies desesperado. La gente en casa seguía en vivo el accidente, y tampoco podían para de reír. Nadie pensó que alguien podía verse tan gracioso al borde de la muerte.

El asistente sujetó las piernas de Jorge, y un camarógrafo atinó a desenchufar la máquina rebelde. El brazo mecánico cayó inmediatamente, y el periodista se estrelló estrepitosamente en un violento abrazo con el muñeco que rompió el mesón donde había ordenado meticulosamente las notas que escribió en la madrugada.

Jorge estuvo a punto de morir, pero la orgía de miembros plásticos y humanos cubiertos de madera, cartón y polvo, fue la gota que derramó el vaso. Había entrenado por años su cuerpo para caminar varonilmente, elegante, como un hombre confiado, pero el accidente había mostrado la torpeza que lo acompañó durante su niñez; esa actitud desgarbada y patética que le ganó innumerables apodos y palizas cuando niño. Era La Ridiculez Encarnada.

Nadie pudo aguantar la risa. El edificio retumbaba con el estruendo de la gente, sujetándose el vientre adolorido, con la cabezas palpitando, y las bocas abiertas como fauces de lobos, en una carcajada colectiva que en los oídos de Jorge podían fácilmente haber sido las trompetas del Apocalipsis.

La Ridiculez Encarnada se levantó, agazapado, con sus anteojos rotos. Los nuevos, los que compró para la ocasión. Y sobre el marco de los lentes, miró horrorizado a los demonios distorsionados en una risotada histérica.

Los sonidos que salieron de su boca eran inhumanos. Si alguien hubiera podido escucharlo sobre el ruido y el jolgorio, hubiera pensado en un chimpancé aterrorizado que gritó hasta que desgarró sus cuerdas vocales.
Los animadores y el mismo asistente que lo ayudó se acercaron con lágrimas en los ojos a tratar de asistirlo. Pero Jorge ya no era más. Su mente retrocedió a un miedo primordial, reptiloide, y agachado como alguno de sus antepasados en la escala evolutiva, esquivó a los que se acercaron, y lanzó violentos manotazos.
Sería imposible superar la explosión cómica previa, pero las risotadas y gritos no cesaban. Y la actitud simiesca de La Ridiculez, sólo alimentaba el fuego de la crueldad infantil que invadía a sus risueños compañeros.

En su desesperación, retrocedió y chocó con la pared del cromaquí, que cayó y se rompió en pedazos.
Aunque hubieran querido, el equipo del matinal no hubiera podido callar sus risas. Era demasiado.
La Ridiculez Encarnada corría en círculos, un animal acorralado, mirando a todas las caras que lo rodeaban, sin reconocer a nadie, viendo sólo la peor amenaza que El Hombre pudiera encontrar en su historia. Peor que un dientes de sable, peor que un misil radioactivo. La risa atacaba a su esencia directamente, lo dejaba inerme. En su entendimiento primitivo, esa terrible carcajada amenazaba con eliminar su propia existencia.

La Ridiculez cayó de espalda sobre una la compuerta que daba al sótano del estudio. El ruido del latón golpeado lo aturdió, pero su cuerpo seguía convulsionando de miedo, rompiendo un jarro de vidrio al desplomarse.

El equipo del programa se acercó, aprovechando la caída. Pero La Ridiculez se levantó, sus ojos desorbitados, rojos de ira primordial, su cuello llevaba la marca de su asfixia del mismo color. Su camisa estaba abierta, los botones superiores se habían desprendido hace rato. La chaqueta, esa chaqueta que también era nueva, que había encargado a su medida, estaba rajada en el hombro, y la manga se arrugaba entre su codo y muñeca. Su cabello engominado se erizaba desordenado. Saliva y mocos caían desde el hocico que antes fue humano. Y blandió el trozo más grande de jarro que encontró, cortando su palma y dedos, que chorreaban el mismo rojo de sus ojos y cuello en la alfombra del set. Una alfombra cortada para el espacio exacto del set de cromaquí, del tamaño exacto para crear la fantasía de la perfección televisiva. Fantasía vuelta pesadilla para La Ridiculez antiguamente llamada Jorge.

El ex hombre lanzó una última mirada eufórica a los depredadores que lo atormentaban y cerró los ojos. Por un segundo, sus compañeros vieron a Jorge una última vez. En seguida La Ridiculez Encarnada se desplomó, y se transformó en otro maniquí sin vida.

La Cámara 5, desde un ángulo cenital mostraba como se acercaba el equipo a ver el muñeco sin vida a pocos pasos del muñeco desinflado, sin mucha diferencia en sus expresiones vacías. Se formó un círculo alrededor de la escena. Nadie pudo acercarse a más de 2 metros de la macabra exposición.

La Ridiculez Encarnada no era más. Jorge cerró sus transmisiones.

...

“Estamos experimentando problemas técnicos. Ya volvemos” decían los televisores de la mitad de las amas de casa de Chile, que observaban pálidas la pantalla.

“Buenos Días” rezaba el logo del programa.