jueves, 30 de julio de 2015

La Paz y el Miedo

El bus de Copacabana a La Paz se suponía demoraba dos horas, pero sabía que entre que se llenara de pasajeros, y las infinitas paradas en la carretera (que dificilmente podía llamarse así, salvo en algunos tramos) serían al menos cuatro. Había que orinar antes de subir, y aprovechar cada una de las paradas, ya que ninguno de los buses que abordé tenía baño. Para los hombres es más fácil, pero me costaba imaginar cómo lo hacían las cholitas con sus amplias faldas llenas de pliegues (Nunca entendí si el trasero femenino boliviano es muy grande, o si llevan alguna estructura). Otro detalle, era tener que estar atento cada vez que abrían el maletero; como no tenían sistema de tickets ni nada, no había ninguna garantía, y aunque empecé mi viaje confiado, conocí a una chilena que me contó que ya le habían robado su equipaje antes.

Antes de subir al transporte estuve en el cibercafé y quedé de encontrarme con Aldwin, a las cuatro de la tarde,  en la capital. Aldwin es un francés que conocí mochileando en La Serena, y nos  seguimos encontrando, incluso en Bolivia. Le dije a las 16pm para darle un margen de error prudente al bus, que partía a las 11am. Quedamos de ir a Tiwanaku, si alcanzábamos el  horario. Es difícil saber con exactitud los itinerarios de las compañías de transporte, a menos que estés en el terminal, porque los datos en internet son casi inexistentes, y porque las mismas compañías son muy variables. El francés quedó de confirmarme, porque ya había pagado una noche en el hostal, pero no le gustó, y dijo que no era tan caro, así que no importaba mucho.

Me vine contento y distendido en el bus. Había buen clima, tenía mis hojas de coca por si me apunaba, llevaba un buen libro, y hasta agua (la que bebía con moderación hasta estar seguro que había paradero pronto). No leí mucho, porque vine hablando con Curtis Miller, un neozelandés de 17 años que había estado haciendo trabajos voluntarios en Ecuador. Me dijo que estuvo de profesor de inglés en una escuela, pero que no logró mucho, que era aburrido. Su familia lo había venido a visitar, y recorrían juntos Bolivia. El muchacho venía enfermo, y su asiento no se reclinaba, así que John, su padre, le cambió de lugar, y seguimos con una animada conversación sobre arquitectura, sicodelia, segregación racial y otras hierbas. Cuando cruzamos el Titicaca de vuelta, pasamos por San Pedro de Tiquina, y acompañé a Curtis al baño, le di papel higiénico y unas hojas de coca.  Cuando volvía al bus llamó mi atención el monumento que muestra a un soldado peruano de la Guerra del Pacífico, con su uniforme rojo, atravesando el cuello de un soldado chileno, de azul, con su bayoneta; "Agárrense ROTOS que aquí entran los colorados de Bolivia", “Lo que un día fue nuestro, nuestro otra vez será”.

John Mills, el padre de la familia neozelandesa era “arkitt”, o al menos eso entendí hasta la tercera repetición cuando me di cuenta que quería decir “architect” en su acento wellingtoniano. Era un buen tipo, de la edad de mi viejo. Había recorrido todo el mundo y tenía muchas historias. Ahora iban a la selva, con su esposa, y sus dos hijos, Curtis y Fletcher. Debían bajarse en Chacaltaya, una zona en las afueras de La Paz. El arquitecto me dijo que se sentía más seguro tomando taxi de día; un amigo de ellos se había visto envuelto en una balacera cuando la policía intentó detener al taxista que manejaba un auto robado.

Cuando la familia Mills se bajó del bus, se despidieron afectuosamente, y me dieron las gracias por acompañar a Curtis. Aproveché de mirar y asegurarme que mi mochila no se iba con algún transeúnte tránsfugo, y los neozelandeses se despidieron de nuevo, desde afuera. John hizo un saludo militar en tono cómico, y se lo respondí.

Aún faltaba mucho para llegar a la ciudad misma, y al terminal. La Paz es una ciudad muy grande. Me dejó una sensación rara. Se encuentra en una cuenca entre grandes cerros; es como un Valparaíso sin mar, cerrado sobre sí mismo, pero con enormes cerros, pero me pareció miserable y hacinada. Fuera del centro, que parece tener más historia arquitectónica, todo lo que alcanza la vista está cubierto de los mismos edificios de ladrillo crudo de techos planos y a medio construir. Aunque también se repetían los típicos portones de vivos colores, con distintivas figuras y barras de bronce adornando, y las particulares fachadas de algunos edificios de enrevesada mampostería que llaman NeoBarroco Andino; creo que es una potente muestra de la resiliencia de la cultura y estética folklórica, incluso (o quizás sobretodo) ante la pobreza, segregación y explotación. Mientras contemplaba la ciudad, el bus disminuyó la velocidad, y tozudamente intentó pasar entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la Virgen de Copacabana. Aunque estaba apurado para llegar a encontrarme con Aldwin, no me quedó más que sacar el celular y grabar las tonadas que alegraban toda la ciudad, para luego estudiarlas y aprenderlas en casa. Me fascinaron los trajes de los marchantes; psicodelia pura, colores brillantes, caras monstruosas, vestidos imposibles; una maravilla. Lo malo fue que frente a tanta conmoción, el bus paró muy lejos del terminal (en retrospectiva pienso que quizás nunca fue la intención llegar al terminal), y ante mi pregunta sobre cómo llegar desde ahí a la central de buses, el chofer me dijo secamente: “Tome un taxi, pues”.

Entre el monumento de Tiquina, los grafitis que se veían en el camino (“Mar para Bolivia”), las miradas escrutadoras de los mercaderes al preguntarle por el precio de las cosas en acento chileno, y el trato del chofer, ya empezaba a entender que la hostilidad era mucho mayor de lo que pensaba. Aun no entiendo bien si la afrenta chilena fue tan potente para durar siglo  y medio, o quizás la pobreza del país obliga a la política a generar un discurso pseudopatriótico basado en épica decimonónica para aplacar los ánimos.

El bus intentaba pasar tozudamente entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la virgen. Era un espectáculo maravilloso. Me hubiera encantado verlo con más calma, pero solo pude sacar el celular y grabar algunas canciones para posterior estudio. Los bailantes tenían ropa sicodélica y llamativa, caras monstruosas y oníricas. Era un espectáculo increíble y surreal, en esas intrincadas y estrechas calles. Quizás por lo imposible de las calles, o quizás nunca tuvo la intención de llegar al terminal, el bus me dejó en algún punto desconocido para mí de la capital. Y viendo que varios buses dejaban a la gente en el mismo lugar, el cementerio, me acerqué a una chica para preguntarle algunas referencias, o si quería compartir el taxi. Ella me habló antes, y me dijo que era arequipeña, y que fuéramos juntos. Pensé en decirle a unos gringos que se sumaran (no sabía cuánto costaba el taxi, y mi presupuesto era escueto), pero ella ya le había dicho a otra chica boliviana que nos acompañáramos. Aunque hicimos señas, ningún taxi se detuvo, hasta que la segunda chica se acercó a unos vehículos del frente y logró que uno se acercara.

Aunque venía con mi gran mochila y mi instrumento, y que la arequipeña ya estaba a mi derecha, la boliviana insistió en sentarse a mi lado izquierdo, en vez de como copiloto. En retrospectiva entendí que me habían encerrado; también entendí el porqué de lo insípido de los comentarios de la peruana: “Debes visitar Arequipa. Hay lugares muy lindos, como la plaza de armas…”.

Venía tan relajado y dispuesto, después de haber conocido a los Mills, y a otros maravillosos viajantes en Copacabana, que no traía el miedo en mí. Hasta que un hombre de abrigo azul hizo detenerse al taxi. Era alto, de cuerpo grueso, de cara severa y corte militar. Sus lentes eran de un débil dorado. Con rudeza metió la mano al vehículo, mostrando una tarjeta que lo identificaba como policía: Wilmer… Algo, decía. No lo pude ver detenidamente. Y ya el miedo se empezaba a asomar ante tan extraña situación. Dijo que estaban haciendo inspecciones al azar, para detener el narcotráfico. La situación olía a podrido. No sabía qué era peor: si de verdad era un policía violento, haciendo una intimidante revisión, o si era un delincuente en una compleja farsa para estafarme. De todas maneras, se subió rápidamente al taxi, que en seguida se puso en movimiento, y las chicas a mis lados me cortaban cualquier vía de escape.

El auto se alejaba por intrincadas calles paceñas, y empecé a temer por mi dinero, mis órganos, mi integridad, y la de mis acompañantes. Había escuchado historias de delincuencia en taxis, pero pensé que sólo pasaban en las películas, o al menos en Colombia o México, no más.

El tipo me pidió que le mostrara mis documentos, me arrebató la billetera, y empezó a inspeccionar, aduciendo que podía tener “pasta base, cocaína o marihuana”. A esa altura, estaba sudando frío. No temía que me quitaran el dinero, pero no sabía qué harían conmigo, dónde me dejarían. No sabía qué era peor, si era un paco corrupto que de verdad me llevaría a la comisaría, donde imaginaba me esperaban todos los vejámenes posibles, o si era un impostor, que me llevaría a algún otro lado a hacerme todos los vejámenes posibles.

En mi posición, con el equipaje encima, y flanqueado por las chicas, que se veían igual de nerviosas, y mostraban asustadas sus documentos, era imposible la resistencia física o el escape. No sabía qué hacer.

El tipo revisaba mis cosas, y me las devolvía íntegras, pero había cierta prestidigitación en su protocolo. Violentamente me ordenaba que le mostrara mis pertenecías. Y aunque tenía mi efectivo dividido, me fue revisando de a poco. Lo último que me quedaba era una bolsita que guardaba en la funda de mi instrumento:

-Qué lleva ahí?

-Mi guitarra- dije, aunque tenía un bouzouki irlandés, pero creí poco trascendente explicárselo.-Soy estudiante de música.- dije, a ver si generaba algún tipo de empatía o entendimiento de que si buscaba mucho dinero, no lo encontraría.

-Y le recuerdo que si esconde algún dinero, será requisado, y será procesado en la comisaría…- blah blah blah, seguía con sus tácticas de intimidación. -Lleva dinero aquí?

-Sí.- le dije, esperando que si entregaba mi dinero, me salvaría de algo peor. El tipo revisó y encontró la bolsita de género morada que llevaba escondida.

-Y por qué lo lleva separado?

-Por si me asaltan.-Dije, en parte en desafío y en parte inocente. El “policía” me miró seriamente.

El taxista detuvo el auto, siempre mudo, siempre mirado para afuera, sin hacer contacto visual con nadie. Estábamos en una bajada (En La Paz todo es bajada o subida) solitaria, en un barrio que me era desconocido. El tipo dijo que debían revisarme los zapatos, así que debíamos bajar. La arequipeña bajó primero, y me ayudó con mi instrumento. En cuanto sujeté mis cosas en la vereda, veo que la chica entra al auto, que sale disparado calle abajo. Lo primero que temí, fue que me hubieran dejado listo para ser presa de alguna pandilla o mafia que me fueran a sacar algún órgano o a vender cómo esclavo en la selva. Después temí y me asusté por las muchachas, y pensé en denunciar o avisarle a alguien. Pero no me atrevía a hablar con la policía. Aún era incierto para mí si el ladrón era policía o un delincuente común. Y luego entendí que las chicas eran parte del esquema. Un teatro de cuatro personas, demasiado elaborado como para quitarme las 70 lucas que andaba trayendo (No es mucho, pero en Bolivia rinde, créanme).

Corrí como me era posible con mi gran mochila, mi instrumento, y mi bolsito de mano. Sólo me acerqué a abuelas a preguntar direcciones, porque no entendía en qué tipo de barrio me encontraba, y me sentía vulnerable con cualquier persona. Tuve que declinar ofrecimientos para llevarme al terminal, y microbuses que me podían acercar, porque no me sentía seguro, para nada. Y tuve que caminar muchas cuadras hasta llegar al Terminal.

Cuando revisé mis cosas, un poco menos alterado, en el terminal, noté que tenía casi todas mis cosas, pero me habían quitado todo el dinero. O casi todo. De una manera casi cómica descubrí que el único dinero que me dejaron, era la bolsita que guardaba para emergencias “por si me asaltan”. Y descubrí una empatía tragicómica con mis asaltantes. Hoy me cuesta sentir más que compasión por gente que vive en la pobreza, y que tenga que urdir ardides tan complejos y deshumanizantes como el robo en el que me vi envuelto.  El dinero me alcanzaba para comprar pasaje a Arica (ya en suelo chileno pensaría en cómo seguir), una noche en un hostal (unos 30 pesos, o 3 lucas chilenas) y un poco de comida. Sobreviviría bien.

Me encontré con Aldwin, mi amigo francés (un buen amigo), en el terminal, y me llevó a su Hostal. Además del francés, había un argentino de rastas en la habitación.

-Tienes vasito?- le pregunté para ofrecerle cerveza. Si no tenía, tampoco me complicaba “carretearla”.

-Sólo tengo una tuca.-Respondió. Y entendí que me entendió “fasito”. 

Tuca es como le dicen a las colas de los pitos, allá en Argentina. Nos reímos y compartimos lo que teníamos. Pude reagruparme, tomar una cerveza y fumar para relajarme. Unos chicos me invitaron a tocar zampoñas, y logré cambiar de estado, pero estaba muy cansado. Al día siguiente tomé el primer bus para Arica, porque quería el tramo más corto en buses bolivianos. Aunque el que tomé, tenía mejor atención y calidad que muchos chilenos, hasta que se quedó sin frenos de motor, llegando a Arica, debiendo bajar a la vuelta de la rueda por estrechas carreteras en quebradas y cerros, con olor a frenos o motor quemándose. Tuvimos que cambiar bus una vez terminado el peligro, y llegué a Arica a salvo.

Ahora estoy en San Pedro de Atacama. Estoy bien.