El bus de Copacabana a La Paz se
suponía demoraba dos horas, pero sabía que entre que se llenara de pasajeros, y
las infinitas paradas en la carretera (que dificilmente podía llamarse así, salvo en algunos tramos) serían al menos cuatro. Había que orinar antes de subir, y aprovechar cada una
de las paradas, ya que ninguno de los buses que abordé tenía baño. Para los
hombres es más fácil, pero me costaba imaginar cómo lo hacían las cholitas con sus amplias faldas llenas
de pliegues (Nunca entendí si el trasero femenino boliviano es muy grande, o si
llevan alguna estructura). Otro detalle, era tener que estar atento cada vez
que abrían el maletero; como no tenían sistema de tickets ni nada, no había
ninguna garantía, y aunque empecé mi viaje confiado, conocí a una chilena que
me contó que ya le habían robado su equipaje antes.
Antes de subir al transporte
estuve en el cibercafé y quedé de encontrarme con Aldwin, a las cuatro de la
tarde, en la capital. Aldwin es un
francés que conocí mochileando en La Serena, y nos seguimos encontrando, incluso en Bolivia. Le
dije a las 16pm para darle un margen de error prudente al bus, que partía a las
11am. Quedamos de ir a Tiwanaku, si alcanzábamos el horario. Es difícil saber con exactitud los
itinerarios de las compañías de transporte, a menos que estés en el terminal,
porque los datos en internet son casi inexistentes, y porque las mismas
compañías son muy variables. El francés quedó de confirmarme, porque ya había
pagado una noche en el hostal, pero no le gustó, y dijo que no era tan caro,
así que no importaba mucho.
Me vine contento y distendido en
el bus. Había buen clima, tenía mis hojas de coca por si me apunaba, llevaba un
buen libro, y hasta agua (la que bebía con moderación hasta estar seguro que
había paradero pronto). No leí mucho, porque vine hablando con Curtis Miller,
un neozelandés de 17 años que había estado haciendo trabajos voluntarios en
Ecuador. Me dijo que estuvo de profesor de inglés en una escuela, pero que no
logró mucho, que era aburrido. Su familia lo había venido a visitar, y
recorrían juntos Bolivia. El muchacho venía enfermo, y su asiento no se
reclinaba, así que John, su padre, le cambió de lugar, y seguimos con una
animada conversación sobre arquitectura, sicodelia, segregación racial y otras
hierbas. Cuando cruzamos el Titicaca de vuelta, pasamos por San Pedro de Tiquina,
y acompañé a Curtis al baño, le di papel higiénico y unas hojas de coca. Cuando volvía al bus llamó mi atención el
monumento que muestra a un soldado peruano de la Guerra del Pacífico, con su
uniforme rojo, atravesando el cuello de un soldado chileno, de azul, con su
bayoneta; "Agárrense ROTOS que aquí entran los colorados de Bolivia",
“Lo que un día fue nuestro, nuestro otra vez será”.
John Mills, el padre de la
familia neozelandesa era “arkitt”, o al menos eso entendí hasta la tercera
repetición cuando me di cuenta que quería decir “architect” en su acento
wellingtoniano. Era un buen tipo, de la edad de mi viejo. Había recorrido todo
el mundo y tenía muchas historias. Ahora iban a la selva, con su esposa, y sus
dos hijos, Curtis y Fletcher. Debían bajarse en Chacaltaya, una zona en las
afueras de La Paz. El arquitecto me dijo que se sentía más seguro tomando taxi
de día; un amigo de ellos se había visto envuelto en una balacera cuando la
policía intentó detener al taxista que manejaba un auto robado.
Cuando la familia Mills se bajó
del bus, se despidieron afectuosamente, y me dieron las gracias por acompañar a
Curtis. Aproveché de mirar y asegurarme que mi mochila no se iba con algún
transeúnte tránsfugo, y los neozelandeses se despidieron de nuevo, desde
afuera. John hizo un saludo militar en tono cómico, y se lo respondí.
Aún faltaba mucho para llegar a
la ciudad misma, y al terminal. La Paz es una ciudad muy grande. Me dejó una
sensación rara. Se encuentra en una cuenca entre grandes cerros; es como un
Valparaíso sin mar, cerrado sobre sí mismo, pero con enormes cerros, pero me
pareció miserable y hacinada. Fuera del centro, que parece tener más historia
arquitectónica, todo lo que alcanza la vista está cubierto de los mismos
edificios de ladrillo crudo de techos planos y a medio construir. Aunque
también se repetían los típicos portones de vivos colores, con distintivas
figuras y barras de bronce adornando, y las particulares fachadas de algunos
edificios de enrevesada mampostería que llaman NeoBarroco Andino; creo que es
una potente muestra de la resiliencia de la cultura y estética folklórica,
incluso (o quizás sobretodo) ante la pobreza, segregación y explotación.
Mientras contemplaba la ciudad, el bus disminuyó la velocidad, y tozudamente
intentó pasar entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la Virgen
de Copacabana. Aunque estaba apurado para llegar a encontrarme con Aldwin, no
me quedó más que sacar el celular y grabar las tonadas que alegraban toda la
ciudad, para luego estudiarlas y aprenderlas en casa. Me fascinaron los trajes
de los marchantes; psicodelia pura, colores brillantes, caras monstruosas,
vestidos imposibles; una maravilla. Lo malo fue que frente a tanta conmoción,
el bus paró muy lejos del terminal (en retrospectiva pienso que quizás nunca
fue la intención llegar al terminal), y ante mi pregunta sobre cómo llegar
desde ahí a la central de buses, el chofer me dijo secamente: “Tome un taxi,
pues”.
Entre el monumento de Tiquina,
los grafitis que se veían en el camino (“Mar para Bolivia”), las miradas escrutadoras
de los mercaderes al preguntarle por el precio de las cosas en acento chileno,
y el trato del chofer, ya empezaba a entender que la hostilidad era mucho mayor
de lo que pensaba. Aun no entiendo bien si la afrenta chilena fue tan potente
para durar siglo y medio, o quizás la
pobreza del país obliga a la política a generar un discurso pseudopatriótico
basado en épica decimonónica para aplacar los ánimos.
El bus intentaba pasar
tozudamente entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la virgen.
Era un espectáculo maravilloso. Me hubiera encantado verlo con más calma, pero
solo pude sacar el celular y grabar algunas canciones para posterior estudio.
Los bailantes tenían ropa sicodélica y llamativa, caras monstruosas y oníricas.
Era un espectáculo increíble y surreal, en esas intrincadas y estrechas calles.
Quizás por lo imposible de las calles, o quizás nunca tuvo la intención de llegar
al terminal, el bus me dejó en algún punto desconocido para mí de la capital. Y
viendo que varios buses dejaban a la gente en el mismo lugar, el cementerio, me
acerqué a una chica para preguntarle algunas referencias, o si quería compartir
el taxi. Ella me habló antes, y me dijo que era arequipeña, y que fuéramos
juntos. Pensé en decirle a unos gringos que se sumaran (no sabía cuánto costaba
el taxi, y mi presupuesto era escueto), pero ella ya le había dicho a otra
chica boliviana que nos acompañáramos. Aunque hicimos señas, ningún taxi se
detuvo, hasta que la segunda chica se acercó a unos vehículos del frente y
logró que uno se acercara.
Aunque venía con mi gran mochila y mi instrumento, y que la arequipeña ya estaba a mi derecha, la boliviana insistió en sentarse a mi lado izquierdo, en vez de como copiloto. En retrospectiva entendí que me habían encerrado; también entendí el porqué de lo insípido de los comentarios de la peruana: “Debes visitar Arequipa. Hay lugares muy lindos, como la plaza de armas…”.
Aunque venía con mi gran mochila y mi instrumento, y que la arequipeña ya estaba a mi derecha, la boliviana insistió en sentarse a mi lado izquierdo, en vez de como copiloto. En retrospectiva entendí que me habían encerrado; también entendí el porqué de lo insípido de los comentarios de la peruana: “Debes visitar Arequipa. Hay lugares muy lindos, como la plaza de armas…”.
Venía tan relajado y dispuesto,
después de haber conocido a los Mills, y a otros maravillosos viajantes en
Copacabana, que no traía el miedo en mí. Hasta que un hombre de abrigo azul
hizo detenerse al taxi. Era alto, de cuerpo grueso, de cara severa y corte
militar. Sus lentes eran de un débil dorado. Con rudeza metió la mano al
vehículo, mostrando una tarjeta que lo identificaba como policía: Wilmer… Algo,
decía. No lo pude ver detenidamente. Y ya el miedo se empezaba a asomar ante
tan extraña situación. Dijo que estaban haciendo inspecciones al azar, para
detener el narcotráfico. La situación olía a podrido. No sabía qué era peor: si
de verdad era un policía violento, haciendo una intimidante revisión, o si era
un delincuente en una compleja farsa para estafarme. De todas maneras, se subió
rápidamente al taxi, que en seguida se puso en movimiento, y las chicas a mis
lados me cortaban cualquier vía de escape.
El auto se alejaba por
intrincadas calles paceñas, y empecé a temer por mi dinero, mis órganos, mi
integridad, y la de mis acompañantes. Había escuchado historias de delincuencia
en taxis, pero pensé que sólo pasaban en las películas, o al menos en Colombia
o México, no más.
El tipo me pidió que le mostrara
mis documentos, me arrebató la billetera, y empezó a inspeccionar, aduciendo
que podía tener “pasta base, cocaína o marihuana”. A esa altura, estaba sudando
frío. No temía que me quitaran el dinero, pero no sabía qué harían conmigo,
dónde me dejarían. No sabía qué era peor, si era un paco corrupto que de verdad
me llevaría a la comisaría, donde imaginaba me esperaban todos los vejámenes
posibles, o si era un impostor, que me llevaría a algún otro lado a hacerme
todos los vejámenes posibles.
En mi posición, con el equipaje
encima, y flanqueado por las chicas, que se veían igual de nerviosas, y
mostraban asustadas sus documentos, era imposible la resistencia física o el
escape. No sabía qué hacer.
El tipo revisaba mis cosas, y me
las devolvía íntegras, pero había cierta prestidigitación en su protocolo.
Violentamente me ordenaba que le mostrara mis pertenecías. Y aunque tenía mi
efectivo dividido, me fue revisando de a poco. Lo último que me quedaba era una
bolsita que guardaba en la funda de mi instrumento:
-Qué lleva ahí?
-Mi guitarra- dije, aunque tenía
un bouzouki irlandés, pero creí poco trascendente explicárselo.-Soy estudiante
de música.- dije, a ver si generaba algún tipo de empatía o entendimiento de
que si buscaba mucho dinero, no lo encontraría.
-Y le recuerdo que si esconde
algún dinero, será requisado, y será procesado en la comisaría…- blah blah
blah, seguía con sus tácticas de intimidación. -Lleva dinero aquí?
-Sí.- le dije, esperando que si
entregaba mi dinero, me salvaría de algo peor. El tipo revisó y encontró la
bolsita de género morada que llevaba escondida.
-Y por qué lo lleva separado?
-Por si me asaltan.-Dije, en
parte en desafío y en parte inocente. El “policía” me miró seriamente.
El taxista detuvo el auto, siempre mudo, siempre mirado para afuera, sin hacer contacto visual con nadie. Estábamos en una bajada (En La Paz todo es bajada o subida) solitaria, en un barrio que me era desconocido. El tipo dijo que debían revisarme los zapatos, así que debíamos bajar. La arequipeña bajó primero, y me ayudó con mi instrumento. En cuanto sujeté mis cosas en la vereda, veo que la chica entra al auto, que sale disparado calle abajo. Lo primero que temí, fue que me hubieran dejado listo para ser presa de alguna pandilla o mafia que me fueran a sacar algún órgano o a vender cómo esclavo en la selva. Después temí y me asusté por las muchachas, y pensé en denunciar o avisarle a alguien. Pero no me atrevía a hablar con la policía. Aún era incierto para mí si el ladrón era policía o un delincuente común. Y luego entendí que las chicas eran parte del esquema. Un teatro de cuatro personas, demasiado elaborado como para quitarme las 70 lucas que andaba trayendo (No es mucho, pero en Bolivia rinde, créanme).
El taxista detuvo el auto, siempre mudo, siempre mirado para afuera, sin hacer contacto visual con nadie. Estábamos en una bajada (En La Paz todo es bajada o subida) solitaria, en un barrio que me era desconocido. El tipo dijo que debían revisarme los zapatos, así que debíamos bajar. La arequipeña bajó primero, y me ayudó con mi instrumento. En cuanto sujeté mis cosas en la vereda, veo que la chica entra al auto, que sale disparado calle abajo. Lo primero que temí, fue que me hubieran dejado listo para ser presa de alguna pandilla o mafia que me fueran a sacar algún órgano o a vender cómo esclavo en la selva. Después temí y me asusté por las muchachas, y pensé en denunciar o avisarle a alguien. Pero no me atrevía a hablar con la policía. Aún era incierto para mí si el ladrón era policía o un delincuente común. Y luego entendí que las chicas eran parte del esquema. Un teatro de cuatro personas, demasiado elaborado como para quitarme las 70 lucas que andaba trayendo (No es mucho, pero en Bolivia rinde, créanme).
Corrí como me era posible con mi
gran mochila, mi instrumento, y mi bolsito de mano. Sólo me acerqué a abuelas a
preguntar direcciones, porque no entendía en qué tipo de barrio me encontraba,
y me sentía vulnerable con cualquier persona. Tuve que declinar ofrecimientos
para llevarme al terminal, y microbuses que me podían acercar, porque no me
sentía seguro, para nada. Y tuve que caminar muchas cuadras hasta llegar al
Terminal.
Cuando revisé mis cosas, un poco
menos alterado, en el terminal, noté que tenía casi todas mis cosas, pero me
habían quitado todo el dinero. O casi todo. De una manera casi cómica descubrí
que el único dinero que me dejaron, era la bolsita que guardaba para
emergencias “por si me asaltan”. Y descubrí una empatía tragicómica con mis
asaltantes. Hoy me cuesta sentir más que compasión por gente que vive en la
pobreza, y que tenga que urdir ardides tan complejos y deshumanizantes como el
robo en el que me vi envuelto. El dinero
me alcanzaba para comprar pasaje a Arica (ya en suelo chileno pensaría en cómo
seguir), una noche en un hostal (unos 30 pesos, o 3 lucas chilenas) y un poco
de comida. Sobreviviría bien.
Me encontré con Aldwin, mi amigo
francés (un buen amigo), en el terminal, y me llevó a su Hostal. Además del
francés, había un argentino de rastas en la habitación.
-Tienes vasito?- le pregunté para
ofrecerle cerveza. Si no tenía, tampoco me complicaba “carretearla”.
-Sólo tengo una tuca.-Respondió. Y entendí que me entendió “fasito”.
Tuca es
como le dicen a las colas de los pitos, allá en Argentina. Nos reímos y
compartimos lo que teníamos. Pude reagruparme, tomar una cerveza y fumar para
relajarme. Unos chicos me invitaron a tocar zampoñas, y logré cambiar de
estado, pero estaba muy cansado. Al día siguiente tomé el primer bus para
Arica, porque quería el tramo más corto en buses bolivianos. Aunque el que
tomé, tenía mejor atención y calidad que muchos chilenos, hasta que se quedó
sin frenos de motor, llegando a Arica, debiendo bajar a la vuelta de la rueda
por estrechas carreteras en quebradas y cerros, con olor a frenos o motor
quemándose. Tuvimos que cambiar bus una vez terminado el peligro, y llegué a
Arica a salvo.
Ahora estoy en San Pedro de Atacama. Estoy
bien.