Antes de la llegada de
los chinos, Santa Clara basaba su economía en la agricultura
y la ganadería. Pero después de la instalación de la industria,
muchos de nuestros jóvenes fueron a buscar trabajo, después de
todo, era el beneficio de instalar una empresa potencialmente nociva
para el ecosistema. Minera La Mesa era una empresa china
instalada en un pueblito en medio de la nada.
Nací y me crié en
Santa Clara. Tenía 2 hermanos. Mi padre era agricultor y mi madre
dueña de casa. Cuando salí del liceo me trasladé a Santiago, y
vivía en una pensión, había ganado una beca y podría estudiar
Periodismo en la Universidad de Chile. En mi familia todos estaban
orgullosos de que tuviera la posibilidad de ser el primer profesional
del clan.
Cuando cursaba el 2do
año me sentía conforme con mi decisión; con harto empeño logré
aprobar todos mis ramos, y ya me había ganado el respeto de mis
profesores y compañeros. Estaba en periodo de exámenes, el 28 de
junio, y recordé que era el cumpleaños de Joaquín, mi hermano del
medio. Acababa de cumplir 18 años, y me dijo que había conseguido
trabajo en la empresa de los chinos. También me dijo que me
quería mucho, y que me extrañaban en Santa Clara.
El año en que llegué a
Santiago escuché que se había instalado la minera en mi pueblo
natal. Durante los dos años siguientes se habló de los beneficios,
nuevos empleos y progreso que la industria llevaría al pueblo.
Algunos ancianos de la zona reclamaron que la polvareda que se
levantó ese primer verano desde la llegada de los orientales no era
normal. Que no podía ser nada bueno. Pero nadie puso demasiada
atención. Parecía ser un buen negocio.
A partir de lo que me
contó mi hermano, me surgieron algunas dudas y me dediqué a
investigar el historial de la empresa. Tenían otras instalaciones en
Ecuador y en Bolivia, desde hacía 10 y 13 años respectivamente. No
eran abiertos a la investigación periodística, y no pude obtener
mucho. Sólo más sospechas. Seguí investigando lo que pude en
Chile.
Desde la instalación en
Santa Clara, 3 mineros chinos murieron en situaciones extrañas. Las
condiciones laborales parecían lejos de las óptimas. Pero por la
nacionalidad de los muertos, la noticia no había sido cubierta por
la prensa chilena, y se demoró 14 meses años en filtrarse a la
prensa tradicional, que no le dio más espacio que una breve nota al
pié de la página, otros medios ni siquiera la consideraron
importante.
Hablé con mi hermano,
lo llamé al celular y le conté mi preocupación. “No te
preocupís. Son puros rumores. ¡Yo estoy juntando plata para
casarme! Así que no puedo andar buscando pega nueva. Pero tendré
cuidado! No te preocupí!”, Me dijo.
Quise confiar en él. No
podía hacer mucho más ante su determinación.
Un año después estoy
en Santa Clara. El funeral de mi hermano es mañana a las 10am. La
familia está destrozada. Sus hijos no entienden mucho, pero su
polola está deshecha en llanto. Juancho, el mejor amigo de mi
hermano se acercó determinado hacia mí en el velatorio. Vamos a ir
a la minera en la noche. Esto no está bien. Hay algo raro.
El informe oficial dice
que Joaquín cayó en un carro cargado de sedimentos, quedó
enterrado bajo la descarga de una cinta transportadora y los vapores
tóxicos lo mataron.
Mi hermano murió
asfixiado.
La empresa nunca ha
abierto las puertas a la comunidad, salvo a los trabajadores,
obviamente. A partir de los reclamos de mi familia y de nuestros
vecinos. Y aunque pocos se han sumado a la iniciativa, fueron
suficientes para generar presión y que la compañía nos permitiera
hablar con el misterioso gerente, el señor Wang.
A las 17hrs podríamos
entrar las 10 personas que formábamos el contingente de reclamo y
repudio, y las puertas se abrieron ante nosotros.
La fábrica hervía de
gente. Nada de las escuetas descripciones de mi hermano
nosprepararono para ver esa colmena en funcionamiento. Era
impresionante. No podríamos haber imaginado la cantidad de gente que
trabajaba en ese lugar. Cientos de asiáticos que nunca habíamos
visto en el pueblo corrían como hormigas, hablando en jerigonza que
no podíamos entender.
Nuestro guía, el señor
Li
, nuestro guía, nos explicó en un español con fuerte acento, que
los trabajadores asiáticos tenían su propia comunidad en
dormitorios provistos por la empresa, con casino y condiciones que
les permitieran disfrutar de sus tradiciones y comidas típicas.
Los
trabajadores no te miraban a los ojos, y se veían en un trance
hipnótico de trabajo repetitivo y automático. Afortunadamente,
dejamos esos pabellones pronto. Y subimos al tercer piso, donde se
nos explicó que trabajaban los chilenos. Mi conclusión es que
dejaban las tareas donde no era necesaria la eficiencia robótica
asiática (alias explotación) para poder contratar a los
pueblerinos, para cumplir con la cuota exacta, el número fijo de
empleados que justificasen la instalación de la empresa en Santa
Clara.
Nuestra
paciencia se acababa mientras nuestro guía seguía explicándonos
detalles de un discurso aprendido de memoria, e igual de robótico
que el enjambre que vimos abajo.
Desde
mi derecha escuché un ruido. No entendí que era, pero me erizó los
pelos de la nuca. Le hice señas a Juancho, para que me siguiera.
Estábamos en la sección de control de deshechos, donde trabajaba
Joaquín. Habían unos embudos gigantes, que se entendía, filtraban
los sedimentos. Ese día estaban detenidos, pero el surco de las
escoria lo delataba, como se ve la arena en la copa superior de un
reloj mientras el tiempo pasa.
Y
escuchamos: “Ayúdame!”
Nos
miramos ante el ahogado, pero desgarrador gemido.
Habíamos
logrado librarnos del guía turístico sin que notara nuestra
ausencia, y nuestros acompañantes, o no se dieron cuenta, o
entendieron que estábamos buscando algo más, sin delatarnos.
Y
cuándo nos acercamos más al titánico embudo que se abría en el
piso, vimos una mano con llagas y sangre que salía de los desechos.
Quedamos
horrorizados y paralizados. Habíamos velado a nuestro hermano, y
vimos su cuerpo; y aunque con kilos de maquillaje, sabíamos que era
él.
¿Qué
estábamos viendo? ¿Un fantasma? ¿Otra víctima de la negligente
fábrica?
Retrocedimos
instintivamente, trastabillando, sabiendo que debíamos ayudar a esa
figura, aunque sin saber cómo, debido a las dimensiones del aparato,
y el peligro inminente. La sección debía estar vacía.
Y
el pánico se adueñó de nuestra espina dorsal, recorriéndonos como
un gélido cuchillo, de coxis a cuello.
Mi
visión comenzó a nublarse. Me sentí borracho, como nadando en una
sopa espesa y transparente, que sin embargo combaba la luz y los
colores que me rodeaban.
Con
mucho trabajo, aunque no tengo mucha claridad cómo, llegamos donde
estaba el grupo. En sus caras reconocimos el mismo terror. Y nuestra
presencia no hizo más que desatar pánico. Li trataba de calmar la
situación, pero sin su habitual conducta autómata parecía otra
persona, asustada también.
“Atención.
Ha ocurrido una fuga en el sistema de refrigeración, y químicos
potencialmente tóxicos se han filtrado en el aire acondicionado.
Guarde la calma. Nuestro equipo de emergencia se dirige hacia
ustedes”.
En
pánico generalizado, corrimos como una masa informe de gente,
gritando, sudando. Creo que escuché a alguien vomitar.
Y
tras correr por lo que pareció siglos de sudor y calor sólido,
llegamos al ascensor industrial. Sólo para verlo como se abría y
avalanzaba sobre nosotros, engullendo la mitad de nuestro guía, como
una ballena mecánica.
Sólo
puede arrojarme al suelo y cubrir mi cabeza.
“Ayúdame”
escuché. Y se apagaron las luces.
Después
sólo hubo oscuridad.
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