lunes, 17 de noviembre de 2014

Galatea

Era tan sólo una mujer con un espejo.

Nunca entendí por qué me aterraba tanto.

El salón tenía 20 estatuas distintas, pero entre todas, la de la doncella que miraba su reflejo era la única que no podía mirar sin sentir escalofríos. A veces se me aparecía en sueños, pero no podía ver su rostro.

Aún así, cuando era adolescente, me escabullía al pabellón de las esculturas con las chicas que cortejaba. Nadie vigilaba el lugar, la luna y las estrellas se filtraban por los ventanales cubriendo de lívida luz las noches de romance y vino en medio de ese bosque de mármol.

Un día volví solo al salón. Con el corazón roto, y el cuerpo borracho.

Sin darme cuenta, caminé directo hacia la escultura que no podía mirar. Caí a sus pies como una marioneta a la que le cortan los hilos de súbito, y me quedé mirando al suelo. Y vi como caían gotas de agua.

Miré hacia arriba y vi que las gotas eran lágrimas, no de marmóreo blanco, si no de agua salada; de pena. La estatua era hermosa, y lloraba. No pude dejar de contemplar esa belleza melancólica, pero de ceño implacable como la piedra de la que estaba hecha.

Me incorporé y noté que su espejo no era de piedra, pero tampoco reflejaba la aflicción de la estatua, si no la mía. Me vi decadente y abatido. Vi mi esencia y mi ausencia.

No se por qué le tuve tanto miedo antes.

Era tan sólo una mujer con un espejo.

Y entonces, la Mujer me miró.

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El presente cuento fue escrito originalmente para el concurso "Fantasista de Hierro".
El cuento debía utilizar el pié forzado "Era tan sólo una mujer con un espejo".

Y esta hermosura de ilustración la hizo Sonnenpili (http://sonnenpili.tumblr.com/)

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