viernes, 14 de abril de 2017

Kalku: El Horror de Machicura (Adelanto)

Por Ignacio Campos S.
                  I         

            El graznido del queltehue parece el eco de un antepasado jurásico. Las garras vestigiales en sus alas ya no sirven para atacar, pero su pico es afilado y certero al momento de defender su nido.
           
            La sombra que avanza por el humedal prefiere esquivar al ave. Quizás porque el chillido aún guarda un rastro del poder de los dinosaurios que cazaban cuando las araucarias eran jóvenes.

Los ancianos de Machicura todavía advierten a los jóvenes contra el kawa-kawa, o “culebrón”: Un fósil viviente, del tamaño de un vacuno, que repta por los últimos parajes vírgenes de Wallmapu.

            Vadeando el humedal, la silueta se adentra en el bosque frondoso. El suelo se mantiene oscuro de humedad que se filtra por el plumaje de los árboles nudosos, y las gruesas raíces se enredan perforando la tierra formando un clan subterráneo, invisible para los hombres de palabras rápidas y vidas breves.

            El olor a tierra húmeda flota pesado, casi corpóreo, pero refrescante; vigorizante. El ruido blanco del paisaje se vuelve una sinfonía disponible sólo para el viajero de oído dispuesto: chillidos, zumbidos, y pasitos de multitud de insectos y animalillos que son la voz del paisaje.

            En el bosque hay un claro, y en el claro hay una ruka: una casucha que sirve de refugio temporal para un hombre eterno. Cada año que pasa, queda menos hombre, y la magia que fluye por sus venas, va cambiando su apariencia lentamente para hacer juego con el pecado que se aferra a su corazón como una maldición, quitándole esperanza redención o descanso eterno.

            El Brujo está sentado en el suelo, piernas cruzadas y manos sobre las rodillas.

            La sombra vigila la ruka pacientemente, desde lejos.
           
            Un rayo de luna ilumina el lado izquierdo del Brujo pálidamente, el resto se funde con la oscuridad. Sus ojos se ocultan tras antiparras ahumadas, y su boca va tapada por una bufanda o pañoleta. Lleva sombrero de ala ancha, y va vestido de ropa que parece tejida de barro y negrura. Sobre todo eso, un tupido poncho de lo que parece lana oscura y apelmazada.

            Es común sentir olor a leña quemada en esta zona. Pero esto es distinto. La luz del fuego invade la ventana, y tiñe su rostro de cobre y oro. El incendio no es cerca, pero su magnitud lo hace visible a la lejanía.

            La alarma no permea su actuar. Casi ceremonial, aunque decidido, el Brujo se incorpora sin apoyar sus manos en el suelo, con equilibrio de marioneta. Arroja el frente de su manto sobre el hombro derecho, descubriendo una siniestra deforme, pero hábil; Sus dedos están cubiertos de callos o escamas del tamaño de una moneda, y pequeñas protuberancias, casi garras, brotan de su antebrazo.

            Sale de la ruka y encuentra su kawello. No está amarrado. Aunque es libre, se mantiene en las cercanías, y no demora al sentir al Brujo en apuros. No lleva montura ni riendas, pero el jinete es hábil. De un salto se acomoda sobre el animal, que al ritmo de un susurro ininteligible comienza a galopar.
           
            Entre los dos dibujan una silueta oscura y borrosa acelerando entre hualles y pehuén; entre colihues y nalcas. Como un animal de leyenda, cuatro patas y dos cabezas corriendo con el viento.
           
            La silueta los ve pasar, y por un momento mira al jinete a los ojos. El brujo se distrae mirando a la nada, sin hacer sentido de la sombra que atrajo su mirada. Y como abrasada por la mirada del hombre, la figura se funde en la oscuridad del bosque, soltando un grito delirante. El Brujo escucha el chillido, pero no le parece ni remotamente humano. Sabe que tendrá que investigarlo, pero hay cosas más importantes que atender ahora.

            Al acercarse al risco puede oír los gritos y los disparos. La comunidad de Machicura está siendo masacrada por la policía. Se ven quince rukas y un par de casuchas distribuidas alrededor del camino de ripio, separadas por simples alambradas. Alcanza a distinguir varias que están encendidas alumbrando la noche, volviéndola un ocaso satánico.

Se escuchan niños llorando, balazos y gritos de pelea. Una trutruka resuena como clarín de la Ñuke Mapu, Madre Tierra, alertando al resto de la comunidad del ataque. Son efectivos de las Fuerzas Especiales: Algún alto mando de Carabineros sabe lo que guarda la Machi. Y basta con soltar la correa para que los perros muerdan y quemen a quién se les cruce.

Hay quienes piensan que un animal no tiene culpa. No puede ser responsable de lo que ordene su amo. Pero un servidor fiel comparte el karma de su dueño. Y cuando un perro prueba sangre humana, agarra el gustito, y sólo queda sacrificarlo.

            El carabinero ve un manto de oscuridad que lo ataca desde el cielo. Piensa en un cóndor, pero es una estupidez, nunca vuelan tan bajo. Un escalofrío recorre su espalda y recuerda a su abuela calentándose junto al fuego contando historias del Tué-tué. Pero la oscuridad que se cierne sobre el subteniente Huaiquiñir lleva un corvo que refleja el fulgor de la luna creciente, como su versión en miniatura. Elegante y eficiente cae el destello de la hoja afilada, y el tren superior del Subteniente se desliza en diagonal hasta el suelo. Las piernas sujetan un torso incompleto que rebalsa tripas un par de segundos más.

            El Brujo pudo sentirlo: Su nombre era José Huaiquiñir, tenía veintisiete años. Nieto de mapuches. Su familia venía de un lof en Nueva Imperial, pero el nació en Temuco, donde se mudaron buscando trabajo; se crió viendo televisión winka; aprendiendo a salivar por hamburguesas del McDonald y por tener una mujer rubia. El periodista en las noticias dijo que los camiones habían sido quemados por comuneros mapuches. —Alguien tiene que hacer algo—, pensó José; —dicen que pagan bien en carabineros—, dijo un amigo: —uno puede entrar a Fuerzas especiales, incluso estudiar una carrera—. —Es un excelente trabajo para partir—, pensó José, que yace partido en dos entre el tumulto.

            Pero no hay tiempo que perder. El trance dura un pestañeo. No es primera vez que ve la vida de su víctima pasar frente a sus ojos. Conoce muy bien el proceso, cada uno deja un alarido en el fondo de su mente. Cada uno suma a la pesadilla que lo atormenta cada noche. Pero se ha vuelto un ruido blanco. Son más de los que puede contar.

             El Brujo está en el aire esquivando las balas desesperadas del único policía que atestiguó el espectáculo grotesco y logró mantener el temple. Lo observa fijamente mientras se posa ligeramente en el suelo. El percutor del arma no encuentra respuesta. No quedan balas. El Brujo se quita los anteojos, y el carabinero queda mesmerizado; paralizado de miedo ante una mirada que no lo es. Queda atónito ante el vacío de cuencas que no muestran carne ni globo ocular. La negrura que hay donde debieran haber ojos refleja el abismo en el fondo de su propia alma.

            En parte para protegerse de las llamas y para camuflarse, el Brujo sigue su camino envuelto en el poncho. Mientras, el carabinero recoge un vidrio roto del suelo, con la mirada inundada en negrura.  Lenta, pero firmemente, dibuja una sonrisa de izquierda a derecha bajo su mentón, en su propio cuello. Y con burbujeante sangre brotando de la garganta, camina con la mirada perdida hacia las llamas y una silenciosa muerte. Un retazo de conciencia recuerda el olor del lechón que asaron para el bautizo de su hijo. Pero esta vez no hay chillido.

            Los peñi luchan con palos y piedras contra la oleada destructora que se desperdiga entre casas que albergan el resto de las familias. Hay ancianos, mujeres, niños y weichafes muertos en el camino. El paisaje es estremecedor. Pero hay prioridades.

            Hoy en día, la ruka tradicional se usa para mantener el fuego encendido y cocinar, para reunirse y almacenar la comida, y a ella se adjunta una casita simple donde están los dormitorios. La ruka que busca el Brujo se ve como cualquier otra de las que arden, pero sabe muy bien que el Libro está aquí. Lo dejó aquí hace décadas, cuando lo recuperó de la Recta Provincia. Se lo entregó a la abuela de esta Machi, que ya es anciana a su vez.

La lamngen le está dando dura pelea al Comisario invasor, que la tiene agarrada del cuello, y entre manoteos, logra arrojarle su pistola al suelo. Patalea hasta darle entre las piernas. Mordiéndose la lengua, y con las venas hinchadas del cuello, el hombre logra distanciarse del dolor, lo suficiente para darle un lumazo letal en la sien.
           
            El Comisario Henríquez, entre la bruma roja del dolor y la ira, pudo disfrutar en la mente su propia sonrisa de orgullo antes que su cara la hiciera efectiva; antes de quedar mirando hacia atrás, como un chuncho.

            El Brujo lo suelta, y el invasor cae al suelo con el cuello roto junto a la curandera.

            Comienza a buscar el Libro. Sabe que está escondido, y sabe que la lamngen no exageraría, para no levantar sospechas. Debe estar entre los muebles desordenados por el allanamiento.

            Pero no está. El Libro no aparece en ningún lugar.

Hay un ruido. Un leve gimoteo lo hace girar, corvo en mano, y sujeta a la pequeña niña por el cuello. La frazada que la esconde cae al suelo. Es una pichi lamngen de unos nueve años; pelo negro y piel oscura; ojos brillantes y frente amplia. Aún lleva el trarilonko y küpam de algún ritual interrumpido, y se ha abrigado apresuradamente para escapar. Bajando la guardia, el Brujo deja a la niña en el suelo, tratando de sujetar su cabeza en un gesto incómodo, pero lo más humano que le es posible, para enmendar su apresurada reacción.

            La Niña no está asustada. Sabe quién es él. Lo ha visto a lo lejos, y ha oído las historias. Entiende lo qué está pasando. Abre su parka desteñida y le enseña el Libro. No hay duda. El encuadernado en piel humana es fácil de distinguir.  El Brujo le indica a la pichi lamngen que lo mantenga escondido, y la toma bajo el brazo izquierdo, empuñando el corvo en la diestra. De una patada rompe la pared dañada, y salta a encontrar su kawello que lo está esperando.

            En dos movimientos sube a la Niña al animal, y lo atiza de un palmetazo. La bestia entiende y la pequeña se le arrima. Aunque no es experta, no es primera vez que monta a pelo. El kawello la ayuda a mantener el equilibro mientras se pierden en la floresta.

            El Brujo escucha el clic, y sabe que es el seguro de un arma que está apuntándole. También sabe que es la única que tenía seguro, entre varias que lo ajustan en su objetivo.

            Se voltea, y enfrenta a las Fuerzas Especiales.

            El subteniente Millapán tiembla notoriamente. Vio a Huaiquiñir en el suelo. Había escuchado leyendas de seres fantásticos y wekufes, incluso creía en fantasmas y otros bichos. Pero esto era demasiado real. No era un cuento de hadas. Era una pesadilla.

            Las armas descargan sus proyectiles sobre el Monstruo. Porque eso no puede ser un hombre.

            El Brujo se sacude, resistiendo erguido el embate del plomo, aunque en una espasmódica danza coreografiada por cada bala que perfora el cuerpo que se funde en la negrura del poncho.

            Como estrellas anaranjadas y amarillas, brilla el fuego a través de cada uno de los forados en el cuerpo y el manto del Monstruo.

            El Monstruo sonríe. Son doce contra uno. Será interesante.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cuando vi al Piuchén


El bicho abanica un hedor rancio al volar sobre la cara del niño.

Parece una larva blancuzca del tamaño de un pavo. Sus alas se mueven pesadas pero eficientes. Lleva cicatrices y arrugas varicosas en todo el cuerpo, y lo cubre un pelaje ralo y desteñido. Está hinchado de sangre de una presa reciente. Su vientre trasluce el rojo oscuro, y está tenso como tambor; palpita a un ritmo descoordinado con el aleteo, en espasmos asimétricos y repugnantes, imposibles para una criatura normal.

Ilustración por Visceral (Francisco Riviera).
El niño se llama Matías Meliñir. Una vez escuchó a su tío hablando del Piuchén: una sabandija voladora que succiona sangre de ovejas y otros animales. Matías pensó que eran historias de borracho. Le pareció una imagen ridícula; un ser imposible. Ahora sabe que también es terrible.  

La cabeza se diferencia del cuerpo como una grotesca hinchazón oscura y acorazada. Desde un rostro ciego proyecta una probóscide para alimentarse. Es una mofa inquietante de una mariposa obesa. Un icor repugnante escurre de su trompa, como savia ponzoñosa, y derrama una gota de pus sanguinolento en los labios entreabiertos del niño.
         
         El aire está cristalizado por la tensión, y el pequeño alcanza a sentir la boca adormecida antes de quebrarlo con un grito enloquecido. Bracea con vigor entorpecido por la desesperación, y se desploma. El piuchén se bambolea en el aire, y se eleva en retirada.  El Mauri, su amigo, corre a ayudarlo; tropieza y cae de rodillas, casi encima de Matías.  Avergonzado y preocupado le pregunta:

            -¿Te hizo algo? - Matías niega con la cabeza. El Mauri está pálido como hueso.

***

Ganaron la pichanga. Están juntando céntimos entre todo el equipo para comprar una bebida en el Emporio. Matías metió dos goles, y el Mauri lo felicita zamarreándolo:

 –  ¡Bien, Goleador!- Sonríe y le pregunta,- ¿Qué hací en la tarde? Don Marcelino me dijo que fuéramo a arrear las ovejas. Ofrece dos escudos. ¡Vamo! ¿O tení miedo?

El fundo de Marcelino Carvajal es un par de potreros y una loma apegada al cerro. Su fama es lúgubre: Cada San Juan se ven luces tenues bailando entre los nísperos del monte, como reflejos lívidos de las estrellas. Dicen que son entierros de oro robado durante La Conquista. Pero es dinero mal habido y maldito. Nadie se atreve a buscarlo.

Matías tiene nueve años, y el Mauri cumplió once este verano, cuando se mudó a Renaico. Llevan varias pichangas y hazañas juntos, así que aceptan el desafío con valentía.

***

            Matías compone su cara, y le indica al Mauri que lo siga. Hay un rastro de sangre en el pasto. Descienden por la ladera norte, hacía el río, y la vegetación se vuelve más espesa. Caminan entre quilas y hualles. El viento helado adormece la piel de sus pantorrillas y enfría sus dedos. Una mano frígida busca compañera y calor; la encuentra, y Matías mira sorprendido al Mauri, pero reconoce un miedo primitivo y legítimo en su cara. Casi puede ver su corazón rebotando bajo la camisa. Nadie dice nada.

            Caminan de la mano, y el menor recoge un coligüe grueso del suelo. Se detiene mirando hacia los lados y silencia a su amigo con el índice en los labios. El rastro termina en una barriga amorfa que intenta esconderse en un tronco podrido.

            Basta una mirada, y sin asentir siquiera, se lanzan contra el monstruo. Matías arremete, coligüe en mano, pero la alimaña estruja su cuerpo y se escabulle en la madriguera; el palo sólo rompe madera blanda y negra. El Mauri salta sobre el tronco podrido, y lo rompe con facilidad.

Una vaharada acre explota en sus caras, y los niños se retuercen nauseabundos. El corazón del árbol putrefacto expulsa una bandada de piuchenes que se agolpan en la huída, restregando  panzas babosas y alas ásperas contra sus atacantes.

Matías dejar salir un chillido del ovillo que se ha vuelto. Uno de los bichos le raja la oreja, y siente la sangre correr por su cuello. El Mauri recobra la guardia y se lanza sobre su amigo en un abrazo protector. Puede sentir sus rizos morenos agitados por apéndices de costras mugrientas y hálito cadavérico.

El tropel de chupasangres se aleja y se vuelve pequeñas motas negras contra nubes teñidas de luna, enmarcadas por un ominoso halo irisado. 

Una criatura pálida se retuerce en el suelo, solitaria y chillona. El Mauri la revienta de un zapatazo, sin pensarlo. El cadáver deshecho supura un líquido blanco teñido de sangre que escurre bajo sus pies. Se acerca a su compañero, y lo ayuda a incorporarse; le sacude la inmundicia del pelo y la ropa. Matías vigila los árboles boquiabierto e intranquilo. Mira hacia abajo y se sorprende aun tomado de la mano de su amigo. Lo mira a los ojos y se sueltan instantáneamente, como temiendo que alguien los esté mirando. El mayor de los dos se yergue bien recto, y dice:

            -¡Párate derecho! Ya somo hombres. No podemo andar asusta’os como las mujeres.- Termina con una carcajada, y empieza una carrera hacia el pueblo. Matías vacila un instante, sin entender bien, y se larga a correr detrás.




sábado, 11 de junio de 2016

Kalku

Kalku significa Brujo en chedungún. Es una voz mapuche que refiere a un individuo con poder o saber arcano y sobrehumano. Pero esta definición no implica que sea maligno. Aunque puede serlo.

Sobre este Kalku en particular, decida usted.
Está erguido entre el desastre y el fuego.

El calor de las llamas ha secado el aire que era húmedo y refrescante, volviéndolo áspero y agobiante.

Apenas se ve su poncho, negro y pesado, entre el humo y los escombros. Trae la boca cubierta, quizás a modo de máscara contra las bombas lacrimógenas que ya impregnan todo, como una camanchaca tóxica y abortiva.

El cielo se nubla lentamente.

El Brujo enfrenta al batallón.

Son trescientos cinco efectivos del Grupo de Operaciones Policiales Especiales de Carabineros de Chile, o GOPE. Entre ellos, refuerzos trasladados de otras regiones a la Araucanía, especialmente y para la ocasión.

El mayor Ramón Cienfuegos comanda el operativo. Llevan pesadas armaduras, cascos, escudos y pocas restricciones para la batalla. Portan armas con municiones no letales. La mayoría, al menos.

Hace catorce días cinco bodegas y dos edificios en construcción fueron quemados hasta los cimientos, a siete kilómetros del poblado de Machicaví, en la Provincia de Malleco. Diez camiones sufrieron el mismo destino. La versión oficial de los medios de Temuco es que fueron comuneros mapuches protestando contra la salmonera Ictus Chile S.A.

La empresa se instaló en el nacimiento del río Viro-Viro, al norte de Machicaví, tras ser expulsada de Chiloé, y cambiarse el nombre. Los directivos finlandeses de la piscicultura decidieron trasladarla, aun cuando no se pudo demostrar su conexión con la crisis ambiental que asola las costas del sur de Chile:

Centenares de ballenas aparecieron muertas en las costas de Aysén. Toneladas de peces se pudren en el Río Quele, infectando el aire con la fetidez del mar herido. Manadas de lobos marinos se vuelven ladrones de peces de las redes de pescadores en San Vicente, Talcahuano, en un comportamiento inusitado hasta la fecha.

El gobierno declaró una Marea Roja definitivamente inconexa a las toneladas de excrementos y desechos químicos que Ictus Chile S.A. vertió autorizado por la Subsecretaría de Pesca.

El mayor Cienfuegos está confundido. En las dos últimas semanas, habían tenido que repeler a cinco grupos de veinte, y hasta cincuenta manifestantes que atacaron las dependencias de las otras dos empresas de salmonicultura que siguieron a Ictus Chile S.A hasta el Viro-Viro. El noticiario del canal nacional informó que la PDI detuvo a un “dirigente terrorista mapuche” que declaró a la prensa: “En We Tripantu se acaban las salmoneras y los asesinos de la Ñuke Mapu”, la Madre Tierra. Se referían al año nuevo mapuche, el veintiuno de junio. Hoy.

El GOPE vino preparado para enfrentar a doscientos hombres o más. La silueta solitaria del Brujo resulta desconcertante.

Tres bodegas, dos camiones y una máquina excavadora de la empresa Hydroviro Ltda. fueron quemadas hoy, y sus llamas aún iluminan entre el humo espeso, como pequeños soles de algún ocaso santiaguino en emergencia ambiental.

El Brujo da la espalda al río.

-Está atrapado- Piensa el mayor. Y grita: -Entréguese tranquilamente, o tendremos que reducirlo.- Cienfuegos se acerca, dejando treinta metros entre él y su enemigo.-Si viene con más compañeros, infórmelo en seguida.-

Un zumbido violento y rápido pasa junto a sus oídos. De nuevo. Otro zumbido. Mira asustado hacia ambos lados, busca al insecto, tratando de no quitar la vista del Brujo por más de un segundo, tratando de mantener la compostura. Mira hacia arriba. Siente el dolor, y se descubre tuerto del lado izquierdo. Con el derecho puede ver al bicho que vuela con el ojo colgando de una probóscide obscena. No es un bicho común. Parece una oruga del largo de una gallina. Su cuerpo va cubierto de un vello ralo y negro. Las alas parecen de quiróptero; piel raída estirada sobre dedos o huesos separados, aleteando y abanicando una fetidez putrefacta.

El Mayor Ramón Cienfuegos abre la boca hasta que se le rajan las comisuras de los labios. Pero el grito es demasiado grande para su anatomía fónica. El ojo restante mira desorbitado y descontrolado.

Con la cara vuelta al cielo en agonía, logra ver que las nubes que cubrían el sol se desintegran en bandadas de la misma especie del gusano chupasangre, o Piuchén como les dicen los abuelos, que sobrevuelan a los carabineros.

Decenas de pajarracos se dejan caer sobre el oficial, cubriéndolo de pies a cabeza. 

Nadie se atreve a disparar; la presa se confunde con los cazadores en un torbellino de alas y sangre.

Las bestias vuelven a la altura, sin dejar rastro de que hubiera existido Ramón Cienfuegos.

El batallón apunta nerviosamente al enjambre de demonios alados que los desafían desde el aire, apenas fuera del rango de tiro.

Algunos escuchan rumores en el bosque que rodea el camino. El subteniente Millapán atiende al ruido y mira a la derecha, a la floresta, pero en seguida siente que el rumor viene de su siniestra, pero sólo ve a sus compañeros. Vuelve a girar hacia el verde, y descubre débiles luces que flotan entre los árboles. La nuez de adán de Millapán sube y baja, acompañando un trago de saliva espesa y amarga.

El río comienza a subir de nivel, inesperadamente, tragándose la orilla rápidamente, comiendo pasto y barro. Se desborda a una velocidad alarmante, y alcanza al Brujo. Pero no se ve afectado. Parece flotar sobre el agua. Casi como un espectro.

El contingente se estremece, acéfalo. Algunos carabineros intentan dispararle a los piuchenes, que amenazan desde la altura, y yerran. Otros creen escuchar voces de pasados olvidados en la arboleda. Por el rabillo del ojo ven como las luces parecen acercarse, ninguno se atreve a mirarlas de frente, como un niño ante el abismo bajo su cama. El rumor trae consigo imágenes de rostros que los policías creían enterrados en los recuerdos; hermanos abortados, padrastros degenerados, amantes antiguos destruidos por la putrefacción de la tumba.

Una fina capa de río desbordado llega a los pies de los policías. El capitán Horacio Huaiquipán, ascendido automáticamente a primero al mando hace unos minutos, intenta dar órdenes, pero el caos es general. En el río flotan sardinas muertas. Una veintena de hombres deciden escapar corriendo. Algunos caen al barro. No vuelven a emerger. Algunos escuchan el chasquido veloz de fauces cerrándose sobre los huesos que fracturan.

El agua sigue subiendo, y tras los peces trae flotando algo peludo y mojado que se extiende por el valle hasta el río mismo. Pareciera ser vegetación, o alguna especie de piel de tupido pelaje. No, no es piel. Es cuero. Son cueros. Los Cueros vivos de las historias del campo. Seres aplanados y voraces, que emergen de los lagos y ríos para devorar a sus víctimas, apresándolos con potentes músculos y ventosas con las que succionan los fluidos del desdichado.

Ante un gruñido del Kalku, se yerguen, como encabritados, revelando carne pantanosa y pseudópodos inclasificables, emitiendo un chillido aturdidor. Sus cuerpos ondean amenazantes, como vibrando en la frecuencia del alarido. 

El teniente segundo Millapán nació en Icalma, cerca de Lonquimay. Su abuela le contó historias de cueros llevándose el ganado a las profundidades; de piuchenes drenando a las ovejas; incluso de las luces traicioneras de los Entierros en los pantanos. Pero eso fue un par de vidas atrás. Su familia se mudó a Temuco, buscando mejor pasar y educación para sus hijos. Pasó su juventud viendo televisión winka; salivando por una hamburguesa gringa; anhelando una mujer rubia y las últimas zapatillas Nike. Y olvidó el Respeto. Ahora sólo le queda el Miedo.

El capitán Huaiquipán ordena la retirada, cuando era estúpidamente obvia, y se transmite inmediatamente entre el desorden. Ninguno de los efectivos que mantienen la cordura suficiente para oírlo le desobedece.

De entre los arbustos y el bosque que los rodea surgen decenas de lagartos obesos pero voraces. Cortan la escapada del GOPE con una pared escamosa y repelente.  Los ancianos les llaman culebrones, o Kawa-kawa: Fósiles vivientes que protegen los bosques vírgenes de Wallmapu, devorando al incauto, como lo habrían hecho sus antecesores jurásicos. Hocicos más grandes que el de un buey lucen filas de colmillos como estalactitas de mármol sucio.

Un desdichado es detenido en su fuga por dos reptiles. Uno lo muerde a la altura del pecho, apresándole también un brazo, y el otro por la ingle. El carabinero aletea con el brazo que sigue libre, y patalea un par de veces antes de ser desgarrado por la mitad. Desde los árboles vuelan lechuzas oscuras, de ojos rojos. Estaban esperando, y seguirán atentas al festín que les espera. Caen sobre los intestinos y entrañas que flotan en el barro, y se preocupan de que no se desaproveche tripa alguna.

El teniente segundo Millapán intenta aprovechar la conmoción para escabullirse, y un coletazo certero golpea su cabeza. Su cuello se dobla exactamente como no debiera, con un chasquido que hace eco en las laderas circundantes, y cae al suelo. No hace falta orden alguna para que los compañeros del lagarto asesino se encarguen de su reciclaje.

El Grupo de Operaciones Policiales Especiales se transforma en una masa temblorosa de cabezas, piernas y brazos; llanto y gimoteo; saliva y barro.

Los hombres chapotean en un pánico generalizado, en agua turbia de sangre y barro hasta las canillas.

Manos deformes pero poderosas brotan de la ciénaga que se forma entre sus botas, desgarrando armadura, ropa y carne. Sujetan todo calzado o pierna que encuentran. Los dueños de las manos son grotescas imitaciones de humanos, torcidos sobre sí mismos, cubiertos de pelo grasiento y oscuro. Son Imbunches. Y han dejado las cuevas que cuidan, como guardianes malditos, para unirse a la refriega y aprovechar la carroña.  El batallón se vuelve un alarido demencial.

El cielo está despejado, pero moteado de bestias voladoras. Hay especies que ni siquiera tienen nombre en lengua humana. Cae una ráfaga de relámpagos de púrpura incandescente. Y el firmamento queda adornado de fractales luminosos que rajan el aire y ciegan a los hombres. Las pesadillas que se forman en el blanco que violenta sus retinas resultan apabullantes. Una voz de trueno corta en seco el grito colectivo, y se proyecta sobre el contingente.

-HAN HECHO lo que quisieron con la Tierra y el Mar. No tienen respeto POR NADA.- Es la voz del Kalku. -estuvimos antes que ustedes y seguiremos cuando sean MENOS QUE historias y polvo.

-¡Ningún mapuche me va a amenazar!- Logra gritar el capitán Huaiquipán, retomando momentáneamente la compostura para transformarla en amenaza patética. Y al decirlo, pasa por su mente lo poco que sabe del idioma de los “indios”, como les dicen entre los oficiales, y ve escrito en la pizarra de su mente que mapuche significa Gente de la Tierra.

-AQUÍ NO HAY MAPUCHES. No somos Gente de la Tierra- Responde el Kalku, como si hubiera leído la misma pizarra. Su voz parece venir de los mismos rayos, pero no hay duda qué es él quien la produce, y quien conduce el increíble espectáculo.

La bufanda del Brujo cae al agua, revelando una mueca torcida y tiesa, y despliega sus amplias orejas que aletean pesadas, pero eficientemente, entre el humo. Su poncho negro cae también, y se pierde entre los cueros vivos. La cabeza del Kalku queda flotando a metros del suelo. Planeando elegantemente, se acerca al capitán Huaiquipán, que tropieza tratando de retroceder. Se acerca lentamente, y el hombre no es capaz de hacer nada más que protegerse la cara, tapando su vista, en el proceso. Y siente la brisa rítmica del aleteo del Tué-tué en su oreja. Y escucha, no sólo con sus oídos, también con su mente y tripa:
-SOMOS LA TIERRA.

-¡Estamos siguiendo órdenes!- Grita el capitán, desprovisto de dignidad y control de sus funciones motoras, entre sollozos y mocos.

La cabeza del Kalku lo mira fijamente. Sus ojos son negros. Y Huaiquipán sabe que el abismo que revelan, es la oscuridad que aguarda en el fondo de su propia alma.

-No lograrán nada. No somos nosotros los que tienen que pagar...-Dice Huaiquipán sin mirar al Brujo. Tratando de hacer sentido de lo inexplicable, buscando la esperanza en el fondo de la caja.

-SON EL COMIENZO- Dice el Kalku.

Blanco, como si le hubieran chupado la sangre, el carabinero observa como la cabeza alada, acompañada de su ejército, se lanza en picada sobre lo que fue un batallón. Y, puede adivinar, sobre lo que fue su país.

martes, 19 de enero de 2016

La danza de todos los velos

Me miró coqueta.

Hizo ese gesto que me enloquece, cuando sonríe levantando sólo con el lado derecho de sus labios.
Con los ojos semi cerrados, el cabello en la otra mitad de su rostro, rozó el borde de sus pantaloncillos de mezclilla.

Se mordió el labio inferior y lanzó su cabeza hacia atrás, meciendo su frondosa cabellera, revelando su suave cuello. Soltó un leve gemido mientras se agachaba lenta y levemente, resaltando el arco de su espalda, elevando su trasero perfecto. Se giró levemente para que viera como se asomaban sus nalgas en el ceñido short, haciendo un movimiento circular e hipnótico.

Comenzó a mecer sus manos delante de su cuerpo y sobre su cabeza, como si se quitara velos de encima. El movimiento era mesmerizante, y evocaba danzas ancestrales y divinas. Una especie de incienso o perfume dulce me acarició la nariz y la atención.

Desabrochó el botón del pantalón, mirándome con su boca entreabierta. Mientras bajaba su cierre, sus labios gruesos y rojos dejaban entrever sus dientes y lengua juguetona.

Metió su mano bajo el pantalón, y la introdujo levemente en su ropa interior rosada de algodón, como probando la suavidad bajo su ombligo que ya podía saborear.

Subió sus manos delineando su cintura y llegó a la cortísima camiseta blanca de tirantes e hizo el ademán de levantarla. Mi corazón se aceleró. Pero siguió de largo, acariciando y estrechando sus pechos firmes y redondos, y el gesto resultó en un escote infartante.

La visión hubiera sido angélica de no ser por el erotismo que exudaba. Se levantó la polera y reveló el sostén rosado y simple que llevaba, también era de algodón y rosa.

Algo en esa simpleza evocaba un aspecto adolescente en ella, y me transportaba a esa juventud.

Sus pechos parecían querer escapar de su prisión con cada respiración que movía su cuerpo. Y lo hicieron. Liberados y erguidos se bamboleaban levemente.

Observé maravillado como sus shorts se deslizaban por sus caderas y piernas, lentamente. El elástico de la prenda apretaba ligeramente sus contornos, explicitando lo firme de sus músculos y curvas.

Usando sus manos a modo de velo, cubría y descubría sus pechos; acariciaba su cintura y recorría las curvas que flanqueaban su cuerpo.

Tomó sus pechos en cada una de sus manos y adentró sus dedos estirados hacia el esternón, donde cambió el gesto a un par de garras, que se adentraron en su piel, separándola verticalmente, poco a poco. No sólo separaba sus carnes, si no también el hueso. La cantidad de fuerza que utilizaba era mínima, no podía estar destrozando su caja torácica con tal erotismo y gracia. No existía desgarro como tal, simplemente se iba desprendiendo de una prenda más.

El corte vertical en su pecho se fue extendiendo lentamente hacia su ombligo, como una gota de sudor que siguiera el camino ineludible hacia su vientre, separando la realidad a su paso. La hendidura también subió hacia su cuello, que se estiró gracilmente, levantando su mentón en un gesto arrogantemente erótico.

Su cara comenzó a dividirse también, y el polo sur de la apertura se proyectó hasta su entrepierna.

Un fulgor comenzó a brotar de su interior, mientras seguía el hipnótico baile. Sus caderas no cesaban de mecerse mientra brotaba esta especie de líquido refulgente, que parecía ignorar las leyes de la gravedad, flotando como vapor, pero a la vez fluctuando como un viscoso líquido radiante en el aire.

Su cuerpo empezó a quemarse donde tocaba la luz. No como un asado o barbacoa, si no más parecido a un rollo de celuloide quemándose durante una proyección. Pero no era carne el combustible de la reacción, si no la propia realidad que retrocedía ante el avance de la gloria cegadora, que iba engullendo la habitación que la rodeaba. El avance voraz no respondía al comportamiento del fuego o cualquier fuerza de este mundo, si no que consumía lentamente lo que rodeaba su centro, como si todo lo que la circundaba no fuera más que una foto; nada más que una lámina que fuera absorbida en el hervor de un drenaje interdimensional, de un vórtice de luz hambriento donde antes estuvo su pecho.

Estiré mi mano, y sentí el llamado pulsante. El bamboleo de sus caderas no fue más que una insinuación de el latido que ahora sentía, que con cada golpe, me recorría como la onda ocasionada por alguna divina piedra, arrojada a un cósmico lago, por una incognoscible mano.

No sólo era una onda. Era la ola ocasionada por la expansión de una fuerza espiral.

A medida que me estiraba hacia ella, y dejaba mi mente fluir fuera de mí, sentí la onda cada vez más rápida, pero los intersticios entre cada pulso se volvían tan claros y detallados que se podía vivir una vida entera en cada uno.

Le pregunté cómo podríamos volver.

-¿A dónde quieres volver?- Respondió, y su voz se fue transformando en un susurro en mi propio ser.

La tenue silueta de la mujer, que apenas se dilucidaba transparente en la luz cegadora, se fue acercando a mí, y su tacto fue quemando las últimas formas a las aferraba mi Ser. Y entendí que yo no era mi ropa, ni mi cuerpo. El fulgor siguió quemando mi excitación, mi asombro, mi miedo, mi pensamiento. La radiación ardiente se llevó mi nombre, mis gustos, mis recuerdos, y dejó sólo la experiencia sin filtros de un momento omnipresente. La danza armónica de hombre y mujer. Un baile de luz y oscuridad. Pero incluso está escena fue consumida por el fuego. Detrás de esta dualidad básica y polisémica, sólo quedó luz.

Y fuimos una masa de dicha flotando en el éter.

Fuimos Amor extendiéndose por el universo.

Fuimos el Universo entero.

Fuimos Uno con Todo.

Somos Uno.

Somos.

jueves, 30 de julio de 2015

La Paz y el Miedo

El bus de Copacabana a La Paz se suponía demoraba dos horas, pero sabía que entre que se llenara de pasajeros, y las infinitas paradas en la carretera (que dificilmente podía llamarse así, salvo en algunos tramos) serían al menos cuatro. Había que orinar antes de subir, y aprovechar cada una de las paradas, ya que ninguno de los buses que abordé tenía baño. Para los hombres es más fácil, pero me costaba imaginar cómo lo hacían las cholitas con sus amplias faldas llenas de pliegues (Nunca entendí si el trasero femenino boliviano es muy grande, o si llevan alguna estructura). Otro detalle, era tener que estar atento cada vez que abrían el maletero; como no tenían sistema de tickets ni nada, no había ninguna garantía, y aunque empecé mi viaje confiado, conocí a una chilena que me contó que ya le habían robado su equipaje antes.

Antes de subir al transporte estuve en el cibercafé y quedé de encontrarme con Aldwin, a las cuatro de la tarde,  en la capital. Aldwin es un francés que conocí mochileando en La Serena, y nos  seguimos encontrando, incluso en Bolivia. Le dije a las 16pm para darle un margen de error prudente al bus, que partía a las 11am. Quedamos de ir a Tiwanaku, si alcanzábamos el  horario. Es difícil saber con exactitud los itinerarios de las compañías de transporte, a menos que estés en el terminal, porque los datos en internet son casi inexistentes, y porque las mismas compañías son muy variables. El francés quedó de confirmarme, porque ya había pagado una noche en el hostal, pero no le gustó, y dijo que no era tan caro, así que no importaba mucho.

Me vine contento y distendido en el bus. Había buen clima, tenía mis hojas de coca por si me apunaba, llevaba un buen libro, y hasta agua (la que bebía con moderación hasta estar seguro que había paradero pronto). No leí mucho, porque vine hablando con Curtis Miller, un neozelandés de 17 años que había estado haciendo trabajos voluntarios en Ecuador. Me dijo que estuvo de profesor de inglés en una escuela, pero que no logró mucho, que era aburrido. Su familia lo había venido a visitar, y recorrían juntos Bolivia. El muchacho venía enfermo, y su asiento no se reclinaba, así que John, su padre, le cambió de lugar, y seguimos con una animada conversación sobre arquitectura, sicodelia, segregación racial y otras hierbas. Cuando cruzamos el Titicaca de vuelta, pasamos por San Pedro de Tiquina, y acompañé a Curtis al baño, le di papel higiénico y unas hojas de coca.  Cuando volvía al bus llamó mi atención el monumento que muestra a un soldado peruano de la Guerra del Pacífico, con su uniforme rojo, atravesando el cuello de un soldado chileno, de azul, con su bayoneta; "Agárrense ROTOS que aquí entran los colorados de Bolivia", “Lo que un día fue nuestro, nuestro otra vez será”.

John Mills, el padre de la familia neozelandesa era “arkitt”, o al menos eso entendí hasta la tercera repetición cuando me di cuenta que quería decir “architect” en su acento wellingtoniano. Era un buen tipo, de la edad de mi viejo. Había recorrido todo el mundo y tenía muchas historias. Ahora iban a la selva, con su esposa, y sus dos hijos, Curtis y Fletcher. Debían bajarse en Chacaltaya, una zona en las afueras de La Paz. El arquitecto me dijo que se sentía más seguro tomando taxi de día; un amigo de ellos se había visto envuelto en una balacera cuando la policía intentó detener al taxista que manejaba un auto robado.

Cuando la familia Mills se bajó del bus, se despidieron afectuosamente, y me dieron las gracias por acompañar a Curtis. Aproveché de mirar y asegurarme que mi mochila no se iba con algún transeúnte tránsfugo, y los neozelandeses se despidieron de nuevo, desde afuera. John hizo un saludo militar en tono cómico, y se lo respondí.

Aún faltaba mucho para llegar a la ciudad misma, y al terminal. La Paz es una ciudad muy grande. Me dejó una sensación rara. Se encuentra en una cuenca entre grandes cerros; es como un Valparaíso sin mar, cerrado sobre sí mismo, pero con enormes cerros, pero me pareció miserable y hacinada. Fuera del centro, que parece tener más historia arquitectónica, todo lo que alcanza la vista está cubierto de los mismos edificios de ladrillo crudo de techos planos y a medio construir. Aunque también se repetían los típicos portones de vivos colores, con distintivas figuras y barras de bronce adornando, y las particulares fachadas de algunos edificios de enrevesada mampostería que llaman NeoBarroco Andino; creo que es una potente muestra de la resiliencia de la cultura y estética folklórica, incluso (o quizás sobretodo) ante la pobreza, segregación y explotación. Mientras contemplaba la ciudad, el bus disminuyó la velocidad, y tozudamente intentó pasar entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la Virgen de Copacabana. Aunque estaba apurado para llegar a encontrarme con Aldwin, no me quedó más que sacar el celular y grabar las tonadas que alegraban toda la ciudad, para luego estudiarlas y aprenderlas en casa. Me fascinaron los trajes de los marchantes; psicodelia pura, colores brillantes, caras monstruosas, vestidos imposibles; una maravilla. Lo malo fue que frente a tanta conmoción, el bus paró muy lejos del terminal (en retrospectiva pienso que quizás nunca fue la intención llegar al terminal), y ante mi pregunta sobre cómo llegar desde ahí a la central de buses, el chofer me dijo secamente: “Tome un taxi, pues”.

Entre el monumento de Tiquina, los grafitis que se veían en el camino (“Mar para Bolivia”), las miradas escrutadoras de los mercaderes al preguntarle por el precio de las cosas en acento chileno, y el trato del chofer, ya empezaba a entender que la hostilidad era mucho mayor de lo que pensaba. Aun no entiendo bien si la afrenta chilena fue tan potente para durar siglo  y medio, o quizás la pobreza del país obliga a la política a generar un discurso pseudopatriótico basado en épica decimonónica para aplacar los ánimos.

El bus intentaba pasar tozudamente entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la virgen. Era un espectáculo maravilloso. Me hubiera encantado verlo con más calma, pero solo pude sacar el celular y grabar algunas canciones para posterior estudio. Los bailantes tenían ropa sicodélica y llamativa, caras monstruosas y oníricas. Era un espectáculo increíble y surreal, en esas intrincadas y estrechas calles. Quizás por lo imposible de las calles, o quizás nunca tuvo la intención de llegar al terminal, el bus me dejó en algún punto desconocido para mí de la capital. Y viendo que varios buses dejaban a la gente en el mismo lugar, el cementerio, me acerqué a una chica para preguntarle algunas referencias, o si quería compartir el taxi. Ella me habló antes, y me dijo que era arequipeña, y que fuéramos juntos. Pensé en decirle a unos gringos que se sumaran (no sabía cuánto costaba el taxi, y mi presupuesto era escueto), pero ella ya le había dicho a otra chica boliviana que nos acompañáramos. Aunque hicimos señas, ningún taxi se detuvo, hasta que la segunda chica se acercó a unos vehículos del frente y logró que uno se acercara.

Aunque venía con mi gran mochila y mi instrumento, y que la arequipeña ya estaba a mi derecha, la boliviana insistió en sentarse a mi lado izquierdo, en vez de como copiloto. En retrospectiva entendí que me habían encerrado; también entendí el porqué de lo insípido de los comentarios de la peruana: “Debes visitar Arequipa. Hay lugares muy lindos, como la plaza de armas…”.

Venía tan relajado y dispuesto, después de haber conocido a los Mills, y a otros maravillosos viajantes en Copacabana, que no traía el miedo en mí. Hasta que un hombre de abrigo azul hizo detenerse al taxi. Era alto, de cuerpo grueso, de cara severa y corte militar. Sus lentes eran de un débil dorado. Con rudeza metió la mano al vehículo, mostrando una tarjeta que lo identificaba como policía: Wilmer… Algo, decía. No lo pude ver detenidamente. Y ya el miedo se empezaba a asomar ante tan extraña situación. Dijo que estaban haciendo inspecciones al azar, para detener el narcotráfico. La situación olía a podrido. No sabía qué era peor: si de verdad era un policía violento, haciendo una intimidante revisión, o si era un delincuente en una compleja farsa para estafarme. De todas maneras, se subió rápidamente al taxi, que en seguida se puso en movimiento, y las chicas a mis lados me cortaban cualquier vía de escape.

El auto se alejaba por intrincadas calles paceñas, y empecé a temer por mi dinero, mis órganos, mi integridad, y la de mis acompañantes. Había escuchado historias de delincuencia en taxis, pero pensé que sólo pasaban en las películas, o al menos en Colombia o México, no más.

El tipo me pidió que le mostrara mis documentos, me arrebató la billetera, y empezó a inspeccionar, aduciendo que podía tener “pasta base, cocaína o marihuana”. A esa altura, estaba sudando frío. No temía que me quitaran el dinero, pero no sabía qué harían conmigo, dónde me dejarían. No sabía qué era peor, si era un paco corrupto que de verdad me llevaría a la comisaría, donde imaginaba me esperaban todos los vejámenes posibles, o si era un impostor, que me llevaría a algún otro lado a hacerme todos los vejámenes posibles.

En mi posición, con el equipaje encima, y flanqueado por las chicas, que se veían igual de nerviosas, y mostraban asustadas sus documentos, era imposible la resistencia física o el escape. No sabía qué hacer.

El tipo revisaba mis cosas, y me las devolvía íntegras, pero había cierta prestidigitación en su protocolo. Violentamente me ordenaba que le mostrara mis pertenecías. Y aunque tenía mi efectivo dividido, me fue revisando de a poco. Lo último que me quedaba era una bolsita que guardaba en la funda de mi instrumento:

-Qué lleva ahí?

-Mi guitarra- dije, aunque tenía un bouzouki irlandés, pero creí poco trascendente explicárselo.-Soy estudiante de música.- dije, a ver si generaba algún tipo de empatía o entendimiento de que si buscaba mucho dinero, no lo encontraría.

-Y le recuerdo que si esconde algún dinero, será requisado, y será procesado en la comisaría…- blah blah blah, seguía con sus tácticas de intimidación. -Lleva dinero aquí?

-Sí.- le dije, esperando que si entregaba mi dinero, me salvaría de algo peor. El tipo revisó y encontró la bolsita de género morada que llevaba escondida.

-Y por qué lo lleva separado?

-Por si me asaltan.-Dije, en parte en desafío y en parte inocente. El “policía” me miró seriamente.

El taxista detuvo el auto, siempre mudo, siempre mirado para afuera, sin hacer contacto visual con nadie. Estábamos en una bajada (En La Paz todo es bajada o subida) solitaria, en un barrio que me era desconocido. El tipo dijo que debían revisarme los zapatos, así que debíamos bajar. La arequipeña bajó primero, y me ayudó con mi instrumento. En cuanto sujeté mis cosas en la vereda, veo que la chica entra al auto, que sale disparado calle abajo. Lo primero que temí, fue que me hubieran dejado listo para ser presa de alguna pandilla o mafia que me fueran a sacar algún órgano o a vender cómo esclavo en la selva. Después temí y me asusté por las muchachas, y pensé en denunciar o avisarle a alguien. Pero no me atrevía a hablar con la policía. Aún era incierto para mí si el ladrón era policía o un delincuente común. Y luego entendí que las chicas eran parte del esquema. Un teatro de cuatro personas, demasiado elaborado como para quitarme las 70 lucas que andaba trayendo (No es mucho, pero en Bolivia rinde, créanme).

Corrí como me era posible con mi gran mochila, mi instrumento, y mi bolsito de mano. Sólo me acerqué a abuelas a preguntar direcciones, porque no entendía en qué tipo de barrio me encontraba, y me sentía vulnerable con cualquier persona. Tuve que declinar ofrecimientos para llevarme al terminal, y microbuses que me podían acercar, porque no me sentía seguro, para nada. Y tuve que caminar muchas cuadras hasta llegar al Terminal.

Cuando revisé mis cosas, un poco menos alterado, en el terminal, noté que tenía casi todas mis cosas, pero me habían quitado todo el dinero. O casi todo. De una manera casi cómica descubrí que el único dinero que me dejaron, era la bolsita que guardaba para emergencias “por si me asaltan”. Y descubrí una empatía tragicómica con mis asaltantes. Hoy me cuesta sentir más que compasión por gente que vive en la pobreza, y que tenga que urdir ardides tan complejos y deshumanizantes como el robo en el que me vi envuelto.  El dinero me alcanzaba para comprar pasaje a Arica (ya en suelo chileno pensaría en cómo seguir), una noche en un hostal (unos 30 pesos, o 3 lucas chilenas) y un poco de comida. Sobreviviría bien.

Me encontré con Aldwin, mi amigo francés (un buen amigo), en el terminal, y me llevó a su Hostal. Además del francés, había un argentino de rastas en la habitación.

-Tienes vasito?- le pregunté para ofrecerle cerveza. Si no tenía, tampoco me complicaba “carretearla”.

-Sólo tengo una tuca.-Respondió. Y entendí que me entendió “fasito”. 

Tuca es como le dicen a las colas de los pitos, allá en Argentina. Nos reímos y compartimos lo que teníamos. Pude reagruparme, tomar una cerveza y fumar para relajarme. Unos chicos me invitaron a tocar zampoñas, y logré cambiar de estado, pero estaba muy cansado. Al día siguiente tomé el primer bus para Arica, porque quería el tramo más corto en buses bolivianos. Aunque el que tomé, tenía mejor atención y calidad que muchos chilenos, hasta que se quedó sin frenos de motor, llegando a Arica, debiendo bajar a la vuelta de la rueda por estrechas carreteras en quebradas y cerros, con olor a frenos o motor quemándose. Tuvimos que cambiar bus una vez terminado el peligro, y llegué a Arica a salvo.

Ahora estoy en San Pedro de Atacama. Estoy bien.






martes, 23 de diciembre de 2014

Mi hermano murió asfixiado.


Antes de la llegada de los chinos, Santa Clara basaba su economía en la agricultura y la ganadería. Pero después de la instalación de la industria, muchos de nuestros jóvenes fueron a buscar trabajo, después de todo, era el beneficio de instalar una empresa potencialmente nociva para el ecosistema. Minera La Mesa era una empresa china instalada en un pueblito en medio de la nada.

Nací y me crié en Santa Clara. Tenía 2 hermanos. Mi padre era agricultor y mi madre dueña de casa. Cuando salí del liceo me trasladé a Santiago, y vivía en una pensión, había ganado una beca y podría estudiar Periodismo en la Universidad de Chile. En mi familia todos estaban orgullosos de que tuviera la posibilidad de ser el primer profesional del clan.

Cuando cursaba el 2do año me sentía conforme con mi decisión; con harto empeño logré aprobar todos mis ramos, y ya me había ganado el respeto de mis profesores y compañeros. Estaba en periodo de exámenes, el 28 de junio, y recordé que era el cumpleaños de Joaquín, mi hermano del medio. Acababa de cumplir 18 años, y me dijo que había conseguido trabajo en la empresa de los chinos. También me dijo que me quería mucho, y que me extrañaban en Santa Clara.

El año en que llegué a Santiago escuché que se había instalado la minera en mi pueblo natal. Durante los dos años siguientes se habló de los beneficios, nuevos empleos y progreso que la industria llevaría al pueblo. Algunos ancianos de la zona reclamaron que la polvareda que se levantó ese primer verano desde la llegada de los orientales no era normal. Que no podía ser nada bueno. Pero nadie puso demasiada atención. Parecía ser un buen negocio.

A partir de lo que me contó mi hermano, me surgieron algunas dudas y me dediqué a investigar el historial de la empresa. Tenían otras instalaciones en Ecuador y en Bolivia, desde hacía 10 y 13 años respectivamente. No eran abiertos a la investigación periodística, y no pude obtener mucho. Sólo más sospechas. Seguí investigando lo que pude en Chile.

Desde la instalación en Santa Clara, 3 mineros chinos murieron en situaciones extrañas. Las condiciones laborales parecían lejos de las óptimas. Pero por la nacionalidad de los muertos, la noticia no había sido cubierta por la prensa chilena, y se demoró 14 meses años en filtrarse a la prensa tradicional, que no le dio más espacio que una breve nota al pié de la página, otros medios ni siquiera la consideraron importante.

Hablé con mi hermano, lo llamé al celular y le conté mi preocupación. “No te preocupís. Son puros rumores. ¡Yo estoy juntando plata para casarme! Así que no puedo andar buscando pega nueva. Pero tendré cuidado! No te preocupí!”, Me dijo.

Quise confiar en él. No podía hacer mucho más ante su determinación.

Un año después estoy en Santa Clara. El funeral de mi hermano es mañana a las 10am. La familia está destrozada. Sus hijos no entienden mucho, pero su polola está deshecha en llanto. Juancho, el mejor amigo de mi hermano se acercó determinado hacia mí en el velatorio. Vamos a ir a la minera en la noche. Esto no está bien. Hay algo raro.

El informe oficial dice que Joaquín cayó en un carro cargado de sedimentos, quedó enterrado bajo la descarga de una cinta transportadora y los vapores tóxicos lo mataron.

Mi hermano murió asfixiado.

La empresa nunca ha abierto las puertas a la comunidad, salvo a los trabajadores, obviamente. A partir de los reclamos de mi familia y de nuestros vecinos. Y aunque pocos se han sumado a la iniciativa, fueron suficientes para generar presión y que la compañía nos permitiera hablar con el misterioso gerente, el señor Wang.

A las 17hrs podríamos entrar las 10 personas que formábamos el contingente de reclamo y repudio, y las puertas se abrieron ante nosotros.

La fábrica hervía de gente. Nada de las escuetas descripciones de mi hermano nosprepararono para ver esa colmena en funcionamiento. Era impresionante. No podríamos haber imaginado la cantidad de gente que trabajaba en ese lugar. Cientos de asiáticos que nunca habíamos visto en el pueblo corrían como hormigas, hablando en jerigonza que no podíamos entender.

Nuestro guía, el señor Li , nuestro guía, nos explicó en un español con fuerte acento, que los trabajadores asiáticos tenían su propia comunidad en dormitorios provistos por la empresa, con casino y condiciones que les permitieran disfrutar de sus tradiciones y comidas típicas.

Los trabajadores no te miraban a los ojos, y se veían en un trance hipnótico de trabajo repetitivo y automático. Afortunadamente, dejamos esos pabellones pronto. Y subimos al tercer piso, donde se nos explicó que trabajaban los chilenos. Mi conclusión es que dejaban las tareas donde no era necesaria la eficiencia robótica asiática (alias explotación) para poder contratar a los pueblerinos, para cumplir con la cuota exacta, el número fijo de empleados que justificasen la instalación de la empresa en Santa Clara.
Nuestra paciencia se acababa mientras nuestro guía seguía explicándonos detalles de un discurso aprendido de memoria, e igual de robótico que el enjambre que vimos abajo.

Desde mi derecha escuché un ruido. No entendí que era, pero me erizó los pelos de la nuca. Le hice señas a Juancho, para que me siguiera. Estábamos en la sección de control de deshechos, donde trabajaba Joaquín. Habían unos embudos gigantes, que se entendía, filtraban los sedimentos. Ese día estaban detenidos, pero el surco de las escoria lo delataba, como se ve la arena en la copa superior de un reloj mientras el tiempo pasa.

Y escuchamos: “Ayúdame!”

Nos miramos ante el ahogado, pero desgarrador gemido.

Habíamos logrado librarnos del guía turístico sin que notara nuestra ausencia, y nuestros acompañantes, o no se dieron cuenta, o entendieron que estábamos buscando algo más, sin delatarnos.

Y cuándo nos acercamos más al titánico embudo que se abría en el piso, vimos una mano con llagas y sangre que salía de los desechos.

Quedamos horrorizados y paralizados. Habíamos velado a nuestro hermano, y vimos su cuerpo; y aunque con kilos de maquillaje, sabíamos que era él.

¿Qué estábamos viendo? ¿Un fantasma? ¿Otra víctima de la negligente fábrica?

Retrocedimos instintivamente, trastabillando, sabiendo que debíamos ayudar a esa figura, aunque sin saber cómo, debido a las dimensiones del aparato, y el peligro inminente. La sección debía estar vacía.

Y el pánico se adueñó de nuestra espina dorsal, recorriéndonos como un gélido cuchillo, de coxis a cuello.

Mi visión comenzó a nublarse. Me sentí borracho, como nadando en una sopa espesa y transparente, que sin embargo combaba la luz y los colores que me rodeaban.

Con mucho trabajo, aunque no tengo mucha claridad cómo, llegamos donde estaba el grupo. En sus caras reconocimos el mismo terror. Y nuestra presencia no hizo más que desatar pánico. Li trataba de calmar la situación, pero sin su habitual conducta autómata parecía otra persona, asustada también.

“Atención. Ha ocurrido una fuga en el sistema de refrigeración, y químicos potencialmente tóxicos se han filtrado en el aire acondicionado. Guarde la calma. Nuestro equipo de emergencia se dirige hacia ustedes”.

En pánico generalizado, corrimos como una masa informe de gente, gritando, sudando. Creo que escuché a alguien vomitar.

Y tras correr por lo que pareció siglos de sudor y calor sólido, llegamos al ascensor industrial. Sólo para verlo como se abría y avalanzaba sobre nosotros, engullendo la mitad de nuestro guía, como una ballena mecánica.

Sólo puede arrojarme al suelo y cubrir mi cabeza.

“Ayúdame” escuché. Y se apagaron las luces.

Después sólo hubo oscuridad.