Me miró coqueta.
Hizo ese gesto que me enloquece, cuando sonríe levantando sólo con el lado derecho de sus labios.
Con los ojos semi cerrados, el cabello en la otra mitad de su rostro, rozó el borde de sus pantaloncillos de mezclilla.
Se mordió el labio inferior y lanzó su cabeza hacia atrás, meciendo su frondosa cabellera, revelando su suave cuello. Soltó un leve gemido mientras se agachaba lenta y levemente, resaltando el arco de su espalda, elevando su trasero perfecto. Se giró levemente para que viera como se asomaban sus nalgas en el ceñido short, haciendo un movimiento circular e hipnótico.
Comenzó a mecer sus manos delante de su cuerpo y sobre su cabeza, como si se quitara velos de encima. El movimiento era mesmerizante, y evocaba danzas ancestrales y divinas. Una especie de incienso o perfume dulce me acarició la nariz y la atención.
Desabrochó el botón del pantalón, mirándome con su boca entreabierta. Mientras bajaba su cierre, sus labios gruesos y rojos dejaban entrever sus dientes y lengua juguetona.
Metió su mano bajo el pantalón, y la introdujo levemente en su ropa interior rosada de algodón, como probando la suavidad bajo su ombligo que ya podía saborear.
Subió sus manos delineando su cintura y llegó a la cortísima camiseta blanca de tirantes e hizo el ademán de levantarla. Mi corazón se aceleró. Pero siguió de largo, acariciando y estrechando sus pechos firmes y redondos, y el gesto resultó en un escote infartante.
La visión hubiera sido angélica de no ser por el erotismo que exudaba. Se levantó la polera y reveló el sostén rosado y simple que llevaba, también era de algodón y rosa.
Algo en esa simpleza evocaba un aspecto adolescente en ella, y me transportaba a esa juventud.
Sus pechos parecían querer escapar de su prisión con cada respiración que movía su cuerpo. Y lo hicieron. Liberados y erguidos se bamboleaban levemente.
Observé maravillado como sus shorts se deslizaban por sus caderas y piernas, lentamente. El elástico de la prenda apretaba ligeramente sus contornos, explicitando lo firme de sus músculos y curvas.
Usando sus manos a modo de velo, cubría y descubría sus pechos; acariciaba su cintura y recorría las curvas que flanqueaban su cuerpo.
Tomó sus pechos en cada una de sus manos y adentró sus dedos estirados hacia el esternón, donde cambió el gesto a un par de garras, que se adentraron en su piel, separándola verticalmente, poco a poco. No sólo separaba sus carnes, si no también el hueso. La cantidad de fuerza que utilizaba era mínima, no podía estar destrozando su caja torácica con tal erotismo y gracia. No existía desgarro como tal, simplemente se iba desprendiendo de una prenda más.
El corte vertical en su pecho se fue extendiendo lentamente hacia su ombligo, como una gota de sudor que siguiera el camino ineludible hacia su vientre, separando la realidad a su paso. La hendidura también subió hacia su cuello, que se estiró gracilmente, levantando su mentón en un gesto arrogantemente erótico.
Su cara comenzó a dividirse también, y el polo sur de la apertura se proyectó hasta su entrepierna.
Un fulgor comenzó a brotar de su interior, mientras seguía el hipnótico baile. Sus caderas no cesaban de mecerse mientra brotaba esta especie de líquido refulgente, que parecía ignorar las leyes de la gravedad, flotando como vapor, pero a la vez fluctuando como un viscoso líquido radiante en el aire.
Su cuerpo empezó a quemarse donde tocaba la luz. No como un asado o barbacoa, si no más parecido a un rollo de celuloide quemándose durante una proyección. Pero no era carne el combustible de la reacción, si no la propia realidad que retrocedía ante el avance de la gloria cegadora, que iba engullendo la habitación que la rodeaba. El avance voraz no respondía al comportamiento del fuego o cualquier fuerza de este mundo, si no que consumía lentamente lo que rodeaba su centro, como si todo lo que la circundaba no fuera más que una foto; nada más que una lámina que fuera absorbida en el hervor de un drenaje interdimensional, de un vórtice de luz hambriento donde antes estuvo su pecho.
Estiré mi mano, y sentí el llamado pulsante. El bamboleo de sus caderas no fue más que una insinuación de el latido que ahora sentía, que con cada golpe, me recorría como la onda ocasionada por alguna divina piedra, arrojada a un cósmico lago, por una incognoscible mano.
No sólo era una onda. Era la ola ocasionada por la expansión de una fuerza espiral.
A medida que me estiraba hacia ella, y dejaba mi mente fluir fuera de mí, sentí la onda cada vez más rápida, pero los intersticios entre cada pulso se volvían tan claros y detallados que se podía vivir una vida entera en cada uno.
Le pregunté cómo podríamos volver.
-¿A dónde quieres volver?- Respondió, y su voz se fue transformando en un susurro en mi propio ser.
La tenue silueta de la mujer, que apenas se dilucidaba transparente en la luz cegadora, se fue acercando a mí, y su tacto fue quemando las últimas formas a las aferraba mi Ser. Y entendí que yo no era mi ropa, ni mi cuerpo. El fulgor siguió quemando mi excitación, mi asombro, mi miedo, mi pensamiento. La radiación ardiente se llevó mi nombre, mis gustos, mis recuerdos, y dejó sólo la experiencia sin filtros de un momento omnipresente. La danza armónica de hombre y mujer. Un baile de luz y oscuridad. Pero incluso está escena fue consumida por el fuego. Detrás de esta dualidad básica y polisémica, sólo quedó luz.
Y fuimos una masa de dicha flotando en el éter.
Fuimos Amor extendiéndose por el universo.
Fuimos el Universo entero.
Fuimos Uno con Todo.
Somos Uno.
Somos.
Hizo ese gesto que me enloquece, cuando sonríe levantando sólo con el lado derecho de sus labios.
Con los ojos semi cerrados, el cabello en la otra mitad de su rostro, rozó el borde de sus pantaloncillos de mezclilla.
Se mordió el labio inferior y lanzó su cabeza hacia atrás, meciendo su frondosa cabellera, revelando su suave cuello. Soltó un leve gemido mientras se agachaba lenta y levemente, resaltando el arco de su espalda, elevando su trasero perfecto. Se giró levemente para que viera como se asomaban sus nalgas en el ceñido short, haciendo un movimiento circular e hipnótico.
Comenzó a mecer sus manos delante de su cuerpo y sobre su cabeza, como si se quitara velos de encima. El movimiento era mesmerizante, y evocaba danzas ancestrales y divinas. Una especie de incienso o perfume dulce me acarició la nariz y la atención.
Desabrochó el botón del pantalón, mirándome con su boca entreabierta. Mientras bajaba su cierre, sus labios gruesos y rojos dejaban entrever sus dientes y lengua juguetona.
Metió su mano bajo el pantalón, y la introdujo levemente en su ropa interior rosada de algodón, como probando la suavidad bajo su ombligo que ya podía saborear.
Subió sus manos delineando su cintura y llegó a la cortísima camiseta blanca de tirantes e hizo el ademán de levantarla. Mi corazón se aceleró. Pero siguió de largo, acariciando y estrechando sus pechos firmes y redondos, y el gesto resultó en un escote infartante.
La visión hubiera sido angélica de no ser por el erotismo que exudaba. Se levantó la polera y reveló el sostén rosado y simple que llevaba, también era de algodón y rosa.
Algo en esa simpleza evocaba un aspecto adolescente en ella, y me transportaba a esa juventud.
Sus pechos parecían querer escapar de su prisión con cada respiración que movía su cuerpo. Y lo hicieron. Liberados y erguidos se bamboleaban levemente.
Observé maravillado como sus shorts se deslizaban por sus caderas y piernas, lentamente. El elástico de la prenda apretaba ligeramente sus contornos, explicitando lo firme de sus músculos y curvas.
Usando sus manos a modo de velo, cubría y descubría sus pechos; acariciaba su cintura y recorría las curvas que flanqueaban su cuerpo.
Tomó sus pechos en cada una de sus manos y adentró sus dedos estirados hacia el esternón, donde cambió el gesto a un par de garras, que se adentraron en su piel, separándola verticalmente, poco a poco. No sólo separaba sus carnes, si no también el hueso. La cantidad de fuerza que utilizaba era mínima, no podía estar destrozando su caja torácica con tal erotismo y gracia. No existía desgarro como tal, simplemente se iba desprendiendo de una prenda más.
El corte vertical en su pecho se fue extendiendo lentamente hacia su ombligo, como una gota de sudor que siguiera el camino ineludible hacia su vientre, separando la realidad a su paso. La hendidura también subió hacia su cuello, que se estiró gracilmente, levantando su mentón en un gesto arrogantemente erótico.
Su cara comenzó a dividirse también, y el polo sur de la apertura se proyectó hasta su entrepierna.
Un fulgor comenzó a brotar de su interior, mientras seguía el hipnótico baile. Sus caderas no cesaban de mecerse mientra brotaba esta especie de líquido refulgente, que parecía ignorar las leyes de la gravedad, flotando como vapor, pero a la vez fluctuando como un viscoso líquido radiante en el aire.
Su cuerpo empezó a quemarse donde tocaba la luz. No como un asado o barbacoa, si no más parecido a un rollo de celuloide quemándose durante una proyección. Pero no era carne el combustible de la reacción, si no la propia realidad que retrocedía ante el avance de la gloria cegadora, que iba engullendo la habitación que la rodeaba. El avance voraz no respondía al comportamiento del fuego o cualquier fuerza de este mundo, si no que consumía lentamente lo que rodeaba su centro, como si todo lo que la circundaba no fuera más que una foto; nada más que una lámina que fuera absorbida en el hervor de un drenaje interdimensional, de un vórtice de luz hambriento donde antes estuvo su pecho.
Estiré mi mano, y sentí el llamado pulsante. El bamboleo de sus caderas no fue más que una insinuación de el latido que ahora sentía, que con cada golpe, me recorría como la onda ocasionada por alguna divina piedra, arrojada a un cósmico lago, por una incognoscible mano.
No sólo era una onda. Era la ola ocasionada por la expansión de una fuerza espiral.
A medida que me estiraba hacia ella, y dejaba mi mente fluir fuera de mí, sentí la onda cada vez más rápida, pero los intersticios entre cada pulso se volvían tan claros y detallados que se podía vivir una vida entera en cada uno.
Le pregunté cómo podríamos volver.
-¿A dónde quieres volver?- Respondió, y su voz se fue transformando en un susurro en mi propio ser.
La tenue silueta de la mujer, que apenas se dilucidaba transparente en la luz cegadora, se fue acercando a mí, y su tacto fue quemando las últimas formas a las aferraba mi Ser. Y entendí que yo no era mi ropa, ni mi cuerpo. El fulgor siguió quemando mi excitación, mi asombro, mi miedo, mi pensamiento. La radiación ardiente se llevó mi nombre, mis gustos, mis recuerdos, y dejó sólo la experiencia sin filtros de un momento omnipresente. La danza armónica de hombre y mujer. Un baile de luz y oscuridad. Pero incluso está escena fue consumida por el fuego. Detrás de esta dualidad básica y polisémica, sólo quedó luz.
Y fuimos una masa de dicha flotando en el éter.
Fuimos Amor extendiéndose por el universo.
Fuimos el Universo entero.
Fuimos Uno con Todo.
Somos Uno.
Somos.
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