sábado, 12 de mayo de 2018

Ocho de Bastos: Celeridad


          El mago está sentado, piernas cruzadas, sobre un cojín. El ambiente está saturado de humo de inciensos, y está temperado por el fuego de varias velas y cirios rodeándolo.

            No pertenece a ninguna orden. Es mago del Caos. Admira el orgullo y determinación de Aleister Crowley, así que pretende seguir su propio camino. No hay instituciones humanas que lo seduzcan. Sabe que el conocimiento que busca está más allá.
            Ya trazó el círculo, llamó a los elementales, e invocó al Dios Hermes. Pero aún no recibe respuesta. Decide sentarse a meditar, frente al espejo que ha dispuesto frente a él, junto al incienso. Y con el ojo de la mente puede ver la habitación con todo detalle, pero sólo a través del reflejo en el espejo. El resto está oscuro. Y ve como se reflejan figuras geométricas que se forman en el humo.
            Abre los ojos y la habitación está como la dejó, en penumbras y en calma.
            Vuelve a cerrar los ojos y se sume en la oscuridad en la cual la única ventana es el espejo. Y ve como en el humo se ve un ángulo agudo que se forma peculiarmente. De hecho, le cuesta decir si se inclina hacia arriba, o al lado… no, es algo distinto. Pareciera que el humo es succionado, y a la vez se devuelve, pero hacia una dirección que no puede describir. Es un poco angustiante. Como si desde punto tiraran un poco de su corazón.
            Siente el tirón en el pecho, como si una flecha atravesara desde adentro, abriéndose paso lento pero decididamente hacia la dirección que no puede nombrar.
            En su mente ve como la flecha invisible se lleva consigo su cuerpo y su ropa, como si una mano invisible pellizcara su pecho y jalara suavemente su persona, como quien saca un mantel de la mesa.
            Y se ve desnudo de carne. No se ve, mejor dicho. Se siente. Y es agradable.
            Ahora siente que algo tira de su atención, pero le resulta difícil atender. Como si su no-cabeza fuera pesada, o si le diera miedo lo que fuera a encontrar.
            Y frente a él hay un hombre de proporciones gigantes. Parece hecho de un material metálico líquido. Como mercurio. Lleva un yelmo con protuberancias laterales y un báculo con dos alas y dos serpientes. Un caduceo.
            Lo toca en la frente. Y oye/siente una palabra: Logos.
            La palabra resuena brevemente antes de dispersarse en un millar de alfabetos y palabras que resuenan como un coro de zumbidos políglota. Y siento como cada una de las palabras, aunque no las entienda, van tomando forma en su mente. Como si llovieran conceptos que al caer se solidifican.
            Cada vez su visión se llena de más y más ideas y objetos. Hasta que la miríada de estímulos se vuelve un ruido blanco, y el ruido blanco se vuelve un Resplandor que quema todo.
Ahora aparecen unos pocos objetos. Una habitación, un espejo. Incienso, velas.
            El mago está sentado, piernas cruzadas, sobre un cojín.

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