El
mago está sentado, piernas cruzadas, sobre un cojín. El ambiente está saturado
de humo de inciensos, y está temperado por el fuego de varias velas y cirios rodeándolo.
No
pertenece a ninguna orden. Es mago del Caos. Admira el orgullo y determinación
de Aleister Crowley, así que pretende seguir su propio camino. No hay
instituciones humanas que lo seduzcan. Sabe que el conocimiento que busca está
más allá.
Ya
trazó el círculo, llamó a los elementales, e invocó al Dios Hermes. Pero aún no
recibe respuesta. Decide sentarse a meditar, frente al espejo que ha dispuesto
frente a él, junto al incienso. Y con el ojo de la mente puede ver la
habitación con todo detalle, pero sólo a través del reflejo en el espejo. El
resto está oscuro. Y ve como se reflejan figuras geométricas que se forman en
el humo.
Abre
los ojos y la habitación está como la dejó, en penumbras y en calma.
Vuelve
a cerrar los ojos y se sume en la oscuridad en la cual la única ventana es el
espejo. Y ve como en el humo se ve un ángulo agudo que se forma peculiarmente.
De hecho, le cuesta decir si se inclina hacia arriba, o al lado… no, es algo
distinto. Pareciera que el humo es succionado, y a la vez se devuelve, pero
hacia una dirección que no puede describir. Es un poco angustiante. Como si
desde punto tiraran un poco de su corazón.
Siente
el tirón en el pecho, como si una flecha atravesara desde adentro, abriéndose
paso lento pero decididamente hacia la dirección que no puede nombrar.
En
su mente ve como la flecha invisible se lleva consigo su cuerpo y su ropa, como
si una mano invisible pellizcara su pecho y jalara suavemente su persona, como
quien saca un mantel de la mesa.
Y
se ve desnudo de carne. No se ve, mejor dicho. Se siente. Y es agradable.
Ahora
siente que algo tira de su atención, pero le resulta difícil atender. Como si
su no-cabeza fuera pesada, o si le diera miedo lo que fuera a encontrar.
Y
frente a él hay un hombre de proporciones gigantes. Parece hecho de un material
metálico líquido. Como mercurio. Lleva un yelmo con protuberancias laterales y
un báculo con dos alas y dos serpientes. Un caduceo.
Lo
toca en la frente. Y oye/siente una palabra: Logos.
La palabra resuena brevemente antes
de dispersarse en un millar de alfabetos y palabras que resuenan como un coro
de zumbidos políglota. Y siento como cada una de las palabras, aunque no las
entienda, van tomando forma en su mente. Como si llovieran conceptos que al
caer se solidifican.
Cada
vez su visión se llena de más y más ideas y objetos. Hasta que la miríada de
estímulos se vuelve un ruido blanco, y el ruido blanco se vuelve un Resplandor
que quema todo.
Ahora aparecen unos pocos
objetos. Una habitación, un espejo. Incienso, velas.
El
mago está sentado, piernas cruzadas, sobre un cojín.

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