jueves, 30 de julio de 2015

La Paz y el Miedo

El bus de Copacabana a La Paz se suponía demoraba dos horas, pero sabía que entre que se llenara de pasajeros, y las infinitas paradas en la carretera (que dificilmente podía llamarse así, salvo en algunos tramos) serían al menos cuatro. Había que orinar antes de subir, y aprovechar cada una de las paradas, ya que ninguno de los buses que abordé tenía baño. Para los hombres es más fácil, pero me costaba imaginar cómo lo hacían las cholitas con sus amplias faldas llenas de pliegues (Nunca entendí si el trasero femenino boliviano es muy grande, o si llevan alguna estructura). Otro detalle, era tener que estar atento cada vez que abrían el maletero; como no tenían sistema de tickets ni nada, no había ninguna garantía, y aunque empecé mi viaje confiado, conocí a una chilena que me contó que ya le habían robado su equipaje antes.

Antes de subir al transporte estuve en el cibercafé y quedé de encontrarme con Aldwin, a las cuatro de la tarde,  en la capital. Aldwin es un francés que conocí mochileando en La Serena, y nos  seguimos encontrando, incluso en Bolivia. Le dije a las 16pm para darle un margen de error prudente al bus, que partía a las 11am. Quedamos de ir a Tiwanaku, si alcanzábamos el  horario. Es difícil saber con exactitud los itinerarios de las compañías de transporte, a menos que estés en el terminal, porque los datos en internet son casi inexistentes, y porque las mismas compañías son muy variables. El francés quedó de confirmarme, porque ya había pagado una noche en el hostal, pero no le gustó, y dijo que no era tan caro, así que no importaba mucho.

Me vine contento y distendido en el bus. Había buen clima, tenía mis hojas de coca por si me apunaba, llevaba un buen libro, y hasta agua (la que bebía con moderación hasta estar seguro que había paradero pronto). No leí mucho, porque vine hablando con Curtis Miller, un neozelandés de 17 años que había estado haciendo trabajos voluntarios en Ecuador. Me dijo que estuvo de profesor de inglés en una escuela, pero que no logró mucho, que era aburrido. Su familia lo había venido a visitar, y recorrían juntos Bolivia. El muchacho venía enfermo, y su asiento no se reclinaba, así que John, su padre, le cambió de lugar, y seguimos con una animada conversación sobre arquitectura, sicodelia, segregación racial y otras hierbas. Cuando cruzamos el Titicaca de vuelta, pasamos por San Pedro de Tiquina, y acompañé a Curtis al baño, le di papel higiénico y unas hojas de coca.  Cuando volvía al bus llamó mi atención el monumento que muestra a un soldado peruano de la Guerra del Pacífico, con su uniforme rojo, atravesando el cuello de un soldado chileno, de azul, con su bayoneta; "Agárrense ROTOS que aquí entran los colorados de Bolivia", “Lo que un día fue nuestro, nuestro otra vez será”.

John Mills, el padre de la familia neozelandesa era “arkitt”, o al menos eso entendí hasta la tercera repetición cuando me di cuenta que quería decir “architect” en su acento wellingtoniano. Era un buen tipo, de la edad de mi viejo. Había recorrido todo el mundo y tenía muchas historias. Ahora iban a la selva, con su esposa, y sus dos hijos, Curtis y Fletcher. Debían bajarse en Chacaltaya, una zona en las afueras de La Paz. El arquitecto me dijo que se sentía más seguro tomando taxi de día; un amigo de ellos se había visto envuelto en una balacera cuando la policía intentó detener al taxista que manejaba un auto robado.

Cuando la familia Mills se bajó del bus, se despidieron afectuosamente, y me dieron las gracias por acompañar a Curtis. Aproveché de mirar y asegurarme que mi mochila no se iba con algún transeúnte tránsfugo, y los neozelandeses se despidieron de nuevo, desde afuera. John hizo un saludo militar en tono cómico, y se lo respondí.

Aún faltaba mucho para llegar a la ciudad misma, y al terminal. La Paz es una ciudad muy grande. Me dejó una sensación rara. Se encuentra en una cuenca entre grandes cerros; es como un Valparaíso sin mar, cerrado sobre sí mismo, pero con enormes cerros, pero me pareció miserable y hacinada. Fuera del centro, que parece tener más historia arquitectónica, todo lo que alcanza la vista está cubierto de los mismos edificios de ladrillo crudo de techos planos y a medio construir. Aunque también se repetían los típicos portones de vivos colores, con distintivas figuras y barras de bronce adornando, y las particulares fachadas de algunos edificios de enrevesada mampostería que llaman NeoBarroco Andino; creo que es una potente muestra de la resiliencia de la cultura y estética folklórica, incluso (o quizás sobretodo) ante la pobreza, segregación y explotación. Mientras contemplaba la ciudad, el bus disminuyó la velocidad, y tozudamente intentó pasar entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la Virgen de Copacabana. Aunque estaba apurado para llegar a encontrarme con Aldwin, no me quedó más que sacar el celular y grabar las tonadas que alegraban toda la ciudad, para luego estudiarlas y aprenderlas en casa. Me fascinaron los trajes de los marchantes; psicodelia pura, colores brillantes, caras monstruosas, vestidos imposibles; una maravilla. Lo malo fue que frente a tanta conmoción, el bus paró muy lejos del terminal (en retrospectiva pienso que quizás nunca fue la intención llegar al terminal), y ante mi pregunta sobre cómo llegar desde ahí a la central de buses, el chofer me dijo secamente: “Tome un taxi, pues”.

Entre el monumento de Tiquina, los grafitis que se veían en el camino (“Mar para Bolivia”), las miradas escrutadoras de los mercaderes al preguntarle por el precio de las cosas en acento chileno, y el trato del chofer, ya empezaba a entender que la hostilidad era mucho mayor de lo que pensaba. Aun no entiendo bien si la afrenta chilena fue tan potente para durar siglo  y medio, o quizás la pobreza del país obliga a la política a generar un discurso pseudopatriótico basado en épica decimonónica para aplacar los ánimos.

El bus intentaba pasar tozudamente entre los bailes y bandas marchantes que celebraban a la virgen. Era un espectáculo maravilloso. Me hubiera encantado verlo con más calma, pero solo pude sacar el celular y grabar algunas canciones para posterior estudio. Los bailantes tenían ropa sicodélica y llamativa, caras monstruosas y oníricas. Era un espectáculo increíble y surreal, en esas intrincadas y estrechas calles. Quizás por lo imposible de las calles, o quizás nunca tuvo la intención de llegar al terminal, el bus me dejó en algún punto desconocido para mí de la capital. Y viendo que varios buses dejaban a la gente en el mismo lugar, el cementerio, me acerqué a una chica para preguntarle algunas referencias, o si quería compartir el taxi. Ella me habló antes, y me dijo que era arequipeña, y que fuéramos juntos. Pensé en decirle a unos gringos que se sumaran (no sabía cuánto costaba el taxi, y mi presupuesto era escueto), pero ella ya le había dicho a otra chica boliviana que nos acompañáramos. Aunque hicimos señas, ningún taxi se detuvo, hasta que la segunda chica se acercó a unos vehículos del frente y logró que uno se acercara.

Aunque venía con mi gran mochila y mi instrumento, y que la arequipeña ya estaba a mi derecha, la boliviana insistió en sentarse a mi lado izquierdo, en vez de como copiloto. En retrospectiva entendí que me habían encerrado; también entendí el porqué de lo insípido de los comentarios de la peruana: “Debes visitar Arequipa. Hay lugares muy lindos, como la plaza de armas…”.

Venía tan relajado y dispuesto, después de haber conocido a los Mills, y a otros maravillosos viajantes en Copacabana, que no traía el miedo en mí. Hasta que un hombre de abrigo azul hizo detenerse al taxi. Era alto, de cuerpo grueso, de cara severa y corte militar. Sus lentes eran de un débil dorado. Con rudeza metió la mano al vehículo, mostrando una tarjeta que lo identificaba como policía: Wilmer… Algo, decía. No lo pude ver detenidamente. Y ya el miedo se empezaba a asomar ante tan extraña situación. Dijo que estaban haciendo inspecciones al azar, para detener el narcotráfico. La situación olía a podrido. No sabía qué era peor: si de verdad era un policía violento, haciendo una intimidante revisión, o si era un delincuente en una compleja farsa para estafarme. De todas maneras, se subió rápidamente al taxi, que en seguida se puso en movimiento, y las chicas a mis lados me cortaban cualquier vía de escape.

El auto se alejaba por intrincadas calles paceñas, y empecé a temer por mi dinero, mis órganos, mi integridad, y la de mis acompañantes. Había escuchado historias de delincuencia en taxis, pero pensé que sólo pasaban en las películas, o al menos en Colombia o México, no más.

El tipo me pidió que le mostrara mis documentos, me arrebató la billetera, y empezó a inspeccionar, aduciendo que podía tener “pasta base, cocaína o marihuana”. A esa altura, estaba sudando frío. No temía que me quitaran el dinero, pero no sabía qué harían conmigo, dónde me dejarían. No sabía qué era peor, si era un paco corrupto que de verdad me llevaría a la comisaría, donde imaginaba me esperaban todos los vejámenes posibles, o si era un impostor, que me llevaría a algún otro lado a hacerme todos los vejámenes posibles.

En mi posición, con el equipaje encima, y flanqueado por las chicas, que se veían igual de nerviosas, y mostraban asustadas sus documentos, era imposible la resistencia física o el escape. No sabía qué hacer.

El tipo revisaba mis cosas, y me las devolvía íntegras, pero había cierta prestidigitación en su protocolo. Violentamente me ordenaba que le mostrara mis pertenecías. Y aunque tenía mi efectivo dividido, me fue revisando de a poco. Lo último que me quedaba era una bolsita que guardaba en la funda de mi instrumento:

-Qué lleva ahí?

-Mi guitarra- dije, aunque tenía un bouzouki irlandés, pero creí poco trascendente explicárselo.-Soy estudiante de música.- dije, a ver si generaba algún tipo de empatía o entendimiento de que si buscaba mucho dinero, no lo encontraría.

-Y le recuerdo que si esconde algún dinero, será requisado, y será procesado en la comisaría…- blah blah blah, seguía con sus tácticas de intimidación. -Lleva dinero aquí?

-Sí.- le dije, esperando que si entregaba mi dinero, me salvaría de algo peor. El tipo revisó y encontró la bolsita de género morada que llevaba escondida.

-Y por qué lo lleva separado?

-Por si me asaltan.-Dije, en parte en desafío y en parte inocente. El “policía” me miró seriamente.

El taxista detuvo el auto, siempre mudo, siempre mirado para afuera, sin hacer contacto visual con nadie. Estábamos en una bajada (En La Paz todo es bajada o subida) solitaria, en un barrio que me era desconocido. El tipo dijo que debían revisarme los zapatos, así que debíamos bajar. La arequipeña bajó primero, y me ayudó con mi instrumento. En cuanto sujeté mis cosas en la vereda, veo que la chica entra al auto, que sale disparado calle abajo. Lo primero que temí, fue que me hubieran dejado listo para ser presa de alguna pandilla o mafia que me fueran a sacar algún órgano o a vender cómo esclavo en la selva. Después temí y me asusté por las muchachas, y pensé en denunciar o avisarle a alguien. Pero no me atrevía a hablar con la policía. Aún era incierto para mí si el ladrón era policía o un delincuente común. Y luego entendí que las chicas eran parte del esquema. Un teatro de cuatro personas, demasiado elaborado como para quitarme las 70 lucas que andaba trayendo (No es mucho, pero en Bolivia rinde, créanme).

Corrí como me era posible con mi gran mochila, mi instrumento, y mi bolsito de mano. Sólo me acerqué a abuelas a preguntar direcciones, porque no entendía en qué tipo de barrio me encontraba, y me sentía vulnerable con cualquier persona. Tuve que declinar ofrecimientos para llevarme al terminal, y microbuses que me podían acercar, porque no me sentía seguro, para nada. Y tuve que caminar muchas cuadras hasta llegar al Terminal.

Cuando revisé mis cosas, un poco menos alterado, en el terminal, noté que tenía casi todas mis cosas, pero me habían quitado todo el dinero. O casi todo. De una manera casi cómica descubrí que el único dinero que me dejaron, era la bolsita que guardaba para emergencias “por si me asaltan”. Y descubrí una empatía tragicómica con mis asaltantes. Hoy me cuesta sentir más que compasión por gente que vive en la pobreza, y que tenga que urdir ardides tan complejos y deshumanizantes como el robo en el que me vi envuelto.  El dinero me alcanzaba para comprar pasaje a Arica (ya en suelo chileno pensaría en cómo seguir), una noche en un hostal (unos 30 pesos, o 3 lucas chilenas) y un poco de comida. Sobreviviría bien.

Me encontré con Aldwin, mi amigo francés (un buen amigo), en el terminal, y me llevó a su Hostal. Además del francés, había un argentino de rastas en la habitación.

-Tienes vasito?- le pregunté para ofrecerle cerveza. Si no tenía, tampoco me complicaba “carretearla”.

-Sólo tengo una tuca.-Respondió. Y entendí que me entendió “fasito”. 

Tuca es como le dicen a las colas de los pitos, allá en Argentina. Nos reímos y compartimos lo que teníamos. Pude reagruparme, tomar una cerveza y fumar para relajarme. Unos chicos me invitaron a tocar zampoñas, y logré cambiar de estado, pero estaba muy cansado. Al día siguiente tomé el primer bus para Arica, porque quería el tramo más corto en buses bolivianos. Aunque el que tomé, tenía mejor atención y calidad que muchos chilenos, hasta que se quedó sin frenos de motor, llegando a Arica, debiendo bajar a la vuelta de la rueda por estrechas carreteras en quebradas y cerros, con olor a frenos o motor quemándose. Tuvimos que cambiar bus una vez terminado el peligro, y llegué a Arica a salvo.

Ahora estoy en San Pedro de Atacama. Estoy bien.






martes, 23 de diciembre de 2014

Mi hermano murió asfixiado.


Antes de la llegada de los chinos, Santa Clara basaba su economía en la agricultura y la ganadería. Pero después de la instalación de la industria, muchos de nuestros jóvenes fueron a buscar trabajo, después de todo, era el beneficio de instalar una empresa potencialmente nociva para el ecosistema. Minera La Mesa era una empresa china instalada en un pueblito en medio de la nada.

Nací y me crié en Santa Clara. Tenía 2 hermanos. Mi padre era agricultor y mi madre dueña de casa. Cuando salí del liceo me trasladé a Santiago, y vivía en una pensión, había ganado una beca y podría estudiar Periodismo en la Universidad de Chile. En mi familia todos estaban orgullosos de que tuviera la posibilidad de ser el primer profesional del clan.

Cuando cursaba el 2do año me sentía conforme con mi decisión; con harto empeño logré aprobar todos mis ramos, y ya me había ganado el respeto de mis profesores y compañeros. Estaba en periodo de exámenes, el 28 de junio, y recordé que era el cumpleaños de Joaquín, mi hermano del medio. Acababa de cumplir 18 años, y me dijo que había conseguido trabajo en la empresa de los chinos. También me dijo que me quería mucho, y que me extrañaban en Santa Clara.

El año en que llegué a Santiago escuché que se había instalado la minera en mi pueblo natal. Durante los dos años siguientes se habló de los beneficios, nuevos empleos y progreso que la industria llevaría al pueblo. Algunos ancianos de la zona reclamaron que la polvareda que se levantó ese primer verano desde la llegada de los orientales no era normal. Que no podía ser nada bueno. Pero nadie puso demasiada atención. Parecía ser un buen negocio.

A partir de lo que me contó mi hermano, me surgieron algunas dudas y me dediqué a investigar el historial de la empresa. Tenían otras instalaciones en Ecuador y en Bolivia, desde hacía 10 y 13 años respectivamente. No eran abiertos a la investigación periodística, y no pude obtener mucho. Sólo más sospechas. Seguí investigando lo que pude en Chile.

Desde la instalación en Santa Clara, 3 mineros chinos murieron en situaciones extrañas. Las condiciones laborales parecían lejos de las óptimas. Pero por la nacionalidad de los muertos, la noticia no había sido cubierta por la prensa chilena, y se demoró 14 meses años en filtrarse a la prensa tradicional, que no le dio más espacio que una breve nota al pié de la página, otros medios ni siquiera la consideraron importante.

Hablé con mi hermano, lo llamé al celular y le conté mi preocupación. “No te preocupís. Son puros rumores. ¡Yo estoy juntando plata para casarme! Así que no puedo andar buscando pega nueva. Pero tendré cuidado! No te preocupí!”, Me dijo.

Quise confiar en él. No podía hacer mucho más ante su determinación.

Un año después estoy en Santa Clara. El funeral de mi hermano es mañana a las 10am. La familia está destrozada. Sus hijos no entienden mucho, pero su polola está deshecha en llanto. Juancho, el mejor amigo de mi hermano se acercó determinado hacia mí en el velatorio. Vamos a ir a la minera en la noche. Esto no está bien. Hay algo raro.

El informe oficial dice que Joaquín cayó en un carro cargado de sedimentos, quedó enterrado bajo la descarga de una cinta transportadora y los vapores tóxicos lo mataron.

Mi hermano murió asfixiado.

La empresa nunca ha abierto las puertas a la comunidad, salvo a los trabajadores, obviamente. A partir de los reclamos de mi familia y de nuestros vecinos. Y aunque pocos se han sumado a la iniciativa, fueron suficientes para generar presión y que la compañía nos permitiera hablar con el misterioso gerente, el señor Wang.

A las 17hrs podríamos entrar las 10 personas que formábamos el contingente de reclamo y repudio, y las puertas se abrieron ante nosotros.

La fábrica hervía de gente. Nada de las escuetas descripciones de mi hermano nosprepararono para ver esa colmena en funcionamiento. Era impresionante. No podríamos haber imaginado la cantidad de gente que trabajaba en ese lugar. Cientos de asiáticos que nunca habíamos visto en el pueblo corrían como hormigas, hablando en jerigonza que no podíamos entender.

Nuestro guía, el señor Li , nuestro guía, nos explicó en un español con fuerte acento, que los trabajadores asiáticos tenían su propia comunidad en dormitorios provistos por la empresa, con casino y condiciones que les permitieran disfrutar de sus tradiciones y comidas típicas.

Los trabajadores no te miraban a los ojos, y se veían en un trance hipnótico de trabajo repetitivo y automático. Afortunadamente, dejamos esos pabellones pronto. Y subimos al tercer piso, donde se nos explicó que trabajaban los chilenos. Mi conclusión es que dejaban las tareas donde no era necesaria la eficiencia robótica asiática (alias explotación) para poder contratar a los pueblerinos, para cumplir con la cuota exacta, el número fijo de empleados que justificasen la instalación de la empresa en Santa Clara.
Nuestra paciencia se acababa mientras nuestro guía seguía explicándonos detalles de un discurso aprendido de memoria, e igual de robótico que el enjambre que vimos abajo.

Desde mi derecha escuché un ruido. No entendí que era, pero me erizó los pelos de la nuca. Le hice señas a Juancho, para que me siguiera. Estábamos en la sección de control de deshechos, donde trabajaba Joaquín. Habían unos embudos gigantes, que se entendía, filtraban los sedimentos. Ese día estaban detenidos, pero el surco de las escoria lo delataba, como se ve la arena en la copa superior de un reloj mientras el tiempo pasa.

Y escuchamos: “Ayúdame!”

Nos miramos ante el ahogado, pero desgarrador gemido.

Habíamos logrado librarnos del guía turístico sin que notara nuestra ausencia, y nuestros acompañantes, o no se dieron cuenta, o entendieron que estábamos buscando algo más, sin delatarnos.

Y cuándo nos acercamos más al titánico embudo que se abría en el piso, vimos una mano con llagas y sangre que salía de los desechos.

Quedamos horrorizados y paralizados. Habíamos velado a nuestro hermano, y vimos su cuerpo; y aunque con kilos de maquillaje, sabíamos que era él.

¿Qué estábamos viendo? ¿Un fantasma? ¿Otra víctima de la negligente fábrica?

Retrocedimos instintivamente, trastabillando, sabiendo que debíamos ayudar a esa figura, aunque sin saber cómo, debido a las dimensiones del aparato, y el peligro inminente. La sección debía estar vacía.

Y el pánico se adueñó de nuestra espina dorsal, recorriéndonos como un gélido cuchillo, de coxis a cuello.

Mi visión comenzó a nublarse. Me sentí borracho, como nadando en una sopa espesa y transparente, que sin embargo combaba la luz y los colores que me rodeaban.

Con mucho trabajo, aunque no tengo mucha claridad cómo, llegamos donde estaba el grupo. En sus caras reconocimos el mismo terror. Y nuestra presencia no hizo más que desatar pánico. Li trataba de calmar la situación, pero sin su habitual conducta autómata parecía otra persona, asustada también.

“Atención. Ha ocurrido una fuga en el sistema de refrigeración, y químicos potencialmente tóxicos se han filtrado en el aire acondicionado. Guarde la calma. Nuestro equipo de emergencia se dirige hacia ustedes”.

En pánico generalizado, corrimos como una masa informe de gente, gritando, sudando. Creo que escuché a alguien vomitar.

Y tras correr por lo que pareció siglos de sudor y calor sólido, llegamos al ascensor industrial. Sólo para verlo como se abría y avalanzaba sobre nosotros, engullendo la mitad de nuestro guía, como una ballena mecánica.

Sólo puede arrojarme al suelo y cubrir mi cabeza.

“Ayúdame” escuché. Y se apagaron las luces.

Después sólo hubo oscuridad.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Galatea

Era tan sólo una mujer con un espejo.

Nunca entendí por qué me aterraba tanto.

El salón tenía 20 estatuas distintas, pero entre todas, la de la doncella que miraba su reflejo era la única que no podía mirar sin sentir escalofríos. A veces se me aparecía en sueños, pero no podía ver su rostro.

Aún así, cuando era adolescente, me escabullía al pabellón de las esculturas con las chicas que cortejaba. Nadie vigilaba el lugar, la luna y las estrellas se filtraban por los ventanales cubriendo de lívida luz las noches de romance y vino en medio de ese bosque de mármol.

Un día volví solo al salón. Con el corazón roto, y el cuerpo borracho.

Sin darme cuenta, caminé directo hacia la escultura que no podía mirar. Caí a sus pies como una marioneta a la que le cortan los hilos de súbito, y me quedé mirando al suelo. Y vi como caían gotas de agua.

Miré hacia arriba y vi que las gotas eran lágrimas, no de marmóreo blanco, si no de agua salada; de pena. La estatua era hermosa, y lloraba. No pude dejar de contemplar esa belleza melancólica, pero de ceño implacable como la piedra de la que estaba hecha.

Me incorporé y noté que su espejo no era de piedra, pero tampoco reflejaba la aflicción de la estatua, si no la mía. Me vi decadente y abatido. Vi mi esencia y mi ausencia.

No se por qué le tuve tanto miedo antes.

Era tan sólo una mujer con un espejo.

Y entonces, la Mujer me miró.

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El presente cuento fue escrito originalmente para el concurso "Fantasista de Hierro".
El cuento debía utilizar el pié forzado "Era tan sólo una mujer con un espejo".

Y esta hermosura de ilustración la hizo Sonnenpili (http://sonnenpili.tumblr.com/)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Los Dioses son Reales

Los Dioses son reales, dijo ella. Incluso el Dios de tus padres, el agonizante que cuelga de la viga, es real.

Lo que no supieron enseñarte es que todos y cada uno de los Dioses es real. Más real que tú incluso.

Los Dioses viven en historias. Tú también.
La ventaja que tienen ellos, es que saben cómo moverse entre mundos. Tú también lo haces, pero no lo entiendes. Ello sí.

Y traen un mensaje.
Ellos son el mensaje.
La realidad es el mensaje.
El Mensaje es una historia.
La Realidad es una historia.

No sólo los dioses caen en esta categoría de mensajeros cósmicos. También está los ángeles, demonios, aliens y superhéroes.

Sí. Los superhéroes. Qué fácil es pasar por alto a los hermosos y esculturales dioses que vuelven a lucir sus desnudos cuerpos, cubiertos de colores a modos de torpe disfraz para sus divinas anatomías.

Vienen a ayudar a la humanidad. Y luchan contra las paredes de la 2da dimensión para acercarse a nosotros y mostrarnos el camino. Trascienden escritores, medios y formatos, para aparecerse ante nosotros incluso en la vida cotidiana, como cosplays, por ejemplo.

No es gratuito que podamos ver un Superman paseándose en Halloween, o a Spiderman en una convención de Comics.

Desde el Inconsciente Colectivo, el sephiroth Hod, o el Eidos platónico, se han hecho camino para encontrarse de frente a nosotros, con un mensaje tan complicado que en millones de millones de páginas, canciones y dibujos no hemos sabido explicar ni entender.

Pero la verdad está ahí afuera.

Deja que los dioses, superdioses o extraterrestres tomen tu mano y te guíen a La Fuente.

La Gran Pregunta es la Conciencia.
La Realidad es la Respuesta.

Dios es la Pregunta y la Respuesta.
Dios es la Fuente.
La Fuente es Dios.

Tú eres Dios.
Y Dios somos todos nosotros.

lunes, 11 de agosto de 2014

Para recordar

La Abuelita Ayawasca me enseñó muchas cosas.
Todo está bien, Todo es como debe Ser.
A veces uno es malo, a veces bueno, ora joven, ora viejo.
Uno Es, y debe aprender a Ser de manera pura y sin juicios.

Yo soy de esta Tierra. Y está tierra me cobija.
Aquí está mi ritmo y mi sabor.
Mi baile y mi canción.
Mis colores y mi Sol.

La Abuelita está en todos lados, y es parte del Cosmos que me rodea.
La Abuelita nos trata con eterno amor, y así debemos tratarnos a nosotros mismos.
A nuestra alma, nuestra mente y cuerpo.

La Realidad puede ser un Juego, pero es Demasiado Real, y quienes lo juegan lo son también.
Hay que cuidarlos, y amarlos.
Hay que cuidar a quienes nos rodean y quienes nos recuerdan hacia donde vamos.
Siempre hay que tener claro a donde vamos.

Cerebro mío, te amo con todos tus defectos porque me has ayudado a crecer.
Ahora démosle espacio a la emoción para que se desarrolle.
Emoción e Intuición.

Nadie es ridículo porque todos somos ridículos.
Somos todos iguales. Hermanitos. Somos monitos jugando a ser personas.
Cada uno puede quejarse, llorar, gimotear y llamar la atención como quiera.
Después de todo, cada uno lo hace en algún momento.

El Miedo es una Elección.
El Amor es omnipresente, y está en Todo y todos.
Cada uno elige si quiere ver a través del filtro del Miedo.

Coraje y Amor, Verdad y Respeto son las virtudes que me llevarán a ser un hombre recto e íntegro.

Yo se cual es el camino.
Hay una voz en mí que  lo recuerda siempre.
A veces esa voz se parece a la mía y desconfío.
Pero debo tener fé.
La dulce voz habla a través de todos y Todo.
Y se manifiesta cuando el ajetreo mental se calla por un rato.

Puedo Llorar, por ende puedo hablar y Cantar.
Si puedo cantar, también puedo tocar mis instrumentos.
Mi canción es natural y fluye así.

Me veo como el Niño Pequeño que llevo dentro,
Y me perdono, me acaricio.
La inconsciencia nos vuelve crueles, mentirosos y nocivos.
La Verdad nos hará libres.

El Amor es la única forma de comunicación sana.
El Amor se manifiesta en cada gesto, cada palabra.
El Miedo también.
El Amor es lo contrario al Miedo.

Y para extirpar el Miedo, hay que aprender a brillar.
No para que te contemplen.
Si no que para que tu radiación queme todo lo tóxico.
Tu luz podrá sanar a los demás,
por tu simple presencia y ejemplo.
Deja que la luz del Universo brille a través de tí.

No es necesario aparentar.
Eres quien eres.
Y sólo aceptándolo, encontrarás aceptación de los demás.

Sobre los hombros cargamos el peso de nuestros padres.
Patrones inconscientes que que van forjando nuestra Sombra.
Las actitudes que negamos, también son parte de la Sombra.

La Sombra la detectamos observando a los otros.
Si algo te molesta del otro, es porque no quieres reconocerlo en tí mismo.
No hay que mirar la paja en el ojo ajeno. Descubre el fardo en el propio.

Debo Amar a mi Ánima, mi mujer interna, para aprender a Amar a una mujer real.
Mi Anima estaba postergada, humillada y ultrajada.
Pero es capaz de perdonar.
Baila a mi alrededor, me abraza y se extiende dentro de mí.
Ella es la fuente de mi motivación y Amor.
Luz de mi vida. Emoción e inocencia.
A ella debo cuidar, acariciar y agasajar.

Todo lo que hagas al otro te lo haces a tí mismo.
El mundo es un espejo, y si no entiendes eso, está sumido en la inconsciencia.

Ignacito. Te quiero y te perdono.
Abre tus ojos, y entrégate al Cambio.

El Cambio es vida. La rigidez es la Muerte.

Estas cosas debo recordar, para nunca más enfermar.

domingo, 10 de agosto de 2014

La Voz

"Déja de mirarte el ombligo", dijo la voz...
Y no la escuché.
Déjala sóla y deja de hacerle daño, dijo la voz
Y no la escuché
Debes aprender a quererte, dijo la voz
Y no la escuché

Existe una dulce voz que habla por seis billones de bocas
Habla en todos los símbolos:
Los grafitis en la calle, los perros callejeros, a través de la familia, y los amigos.

Hay que callar la voz mental, y permitir que esa sabiduría eterna y cósmica hable a través de nosotros, y atender a el inefable y tremendo mensaje que sólo podemos asir paso a paso.

martes, 5 de agosto de 2014

Un desastre

Dicen que eres cualquiera
Destructora de Hogares
De los trigos Cochinos

Te dices desastre
Te admiras, ser resentido, pero
Te miro, y sólo veo belleza





*Encontré este escrito en un cuaderno antiguo, y no tengo idea a quién se lo escribí.